—Interceded por mí ante los dioses, Bhagat. Rogad por Fulana, la mujer de Mengano.

De cuando en cuando, á algún muchacho atrevido se le permitía igual honor, y Purun Bhagat le oía poner el cuenco y echar á correr tan aprisa como sus piernecitas le permitían; pero el Bhagat nunca descendió hasta el pueblo. Veíalo extendido como un mapa, á sus pies. Podía ver también las reuniones que en él se celebraban, al caer de la tarde, en el círculo donde estaban las eras, porque era éste el único terreno llano que allí había; contemplar el estupendo y poco nombrado verdor del arroz cuando es joven; los tonos de azul de añil que mostraba el maíz; los pedazos de terreno en que se cultivaba el alforfón, semejantes á diques; y, en su estación propia, la roja flor del amaranto, cuyas diminutas semillas, por no ser grano ni legumbre, constituyen un alimento que puede tomar, sin faltar por ello en lo más mínimo, todo indio en época de ayuno.

Cuando el año tocaba ya á su fin, los techos de las chozas parecían cuadros llenos de purísimo oro, porque sobre los techos era donde ponían los aldeanos las mazorcas de maíz para que se secaran. La cría de abejas y la recolección de los granos; la siembra del arroz y su descascarillado, fueron pasando ante su vista; todo ello como bordado allá abajo, en los pedazos de campo de mil distintas orientaciones. Y él meditó sobre cuanto se ofrecía á su vista, preguntándose á qué conducía todo aquello en último, definitivo resultado.

Hasta en los sitios poblados de la India, no puede un hombre estarse sentado y completamente quieto durante un día entero, sin que los animales salvajes corran por encima de su cuerpo como si fuera una roca; y en aquella soledad pronto ellos, que conocían perfectamente el templo de Kali, fueron llegando para ver al intruso. Los langures, los grandes monos del Himalaya, de grises patillas, fueron, como es natural, los primeros, porque andan siempre devorados por la curiosidad; y una vez hubieron tirado el cuenco, haciéndolo rodar por el suelo, y probaron la fuerza de sus dientes sobre el atravesaño de cobre de la muleta, y le hubieron estado haciendo muecas á la piel de antílope, decidieron que aquel ser humano, que estaba allí sentado tan quieto, era inofensivo. Al caer de la tarde saltaban desde los pinos, pedían con las manos algo de comida, y luego se alejaban, balanceándose en graciosas curvas. Gustábales también el calor del fuego, y se apiñaban alrededor de él, hasta que Purun Bhagat se veía obligado á empujarlos á un lado para echar leña, y más de una vez se había hallado por la mañana con que un mono compartía con él su manta. Durante todo el día, uno ú otro de la tribu se sentaba á su lado, mirando fijamente hacia la nieve, dando gritos, y poniendo una cara de expresión indeciblemente sabia y triste.

Después de los monos llegó el barasing, un ciervo de especie parecida á los nuestros; pero con más fuerza. Iba allí para restregar los aterciopelados cuernos contra las frías piedras de la estatua de Kali, y pateó al ver en el templo á un hombre. Pero Purun Bhagat no se movió, y, poco á poco, el magnífico ciervo fué avanzando oblícuamente y le tocó en un hombro con el hocico. Deslizó Purun Bhagat una de sus frías manos sobre las tibias astas, y el contacto pareció refrescar al animal cuya sangre ardía, y que bajó la cabeza, con lo cual siguió Purun Bhagat restregando muy suavemente y quitando la aterciopelada capa. Trajo luego el barasing su hembra y su cervato, mansos animales que se ponían á mascar sobre la manta del santón, y otras veces venía solo, de noche, reluciéndole los ojos con reflejos verdosos á la vacilante luz de la hoguera, para recibir su porción de nueces tiernas. Al fin, el ciervo almizclero, el más tímido y casi el menor de los ciervos, acudió también, erguidas sus grandes orejas, que recuerdan las del conejo; y hasta el abigarrado, silencioso mushick-nabha sintió el deseo de averiguar qué era lo que significaba la luz que brillaba en el templo, y puso su hocico, parecido al del anta, sobre las rodillas de Purun Bhagat, yendo y viniendo con las sombras que producía el fuego. Á todos los llamaba Purun Bhagat «mis hermanos», y su grito de ¡Bahi! ¡Bahi! lanzado en voz baja, tenía el poder de sacarlos del bosque por las tardes, si se hallaban á distancia en que pudieran oirlo. El oso negro del Himalaya, sombrío y malicioso (Sona, que lleva impresa bajo la barba una señal blanca en forma de V) pasó por allí más de una vez, y como el Bhagat no demostró tenerle miedo, tampoco Sona se mostró malhumorado, sino que estuvo observándolo, se acercó luego y pidió su parte de caricias, un pedazo de pan ó bayas silvestres. Muy a menudo, en la callada hora del amanecer, cuando el Bhagat subía hasta lo más alto del desfiladero para ver como el rojo día andaba por los nevados picos, hallábase á Sona arrastrando las patas y gruñendo á sus plantas; metiendo una mano curiosa bajo los caídos troncos y volviendo á sacarla con un ¡uuuf! de impaciencia; ó bien sus pasos despertaban en aquella hora al oso, que dormía enroscado, y el enorme animal levantábase erguido, pensando que se trataba de prepararse á la lucha, hasta que oía la voz del Bhagat y reconocía, entonces, á su mejor amigo.

Casi todos los ermitaños y santones que viven separados de las grandes ciudades tienen fama de obrar milagros con los animales; pero el milagro consiste únicamente en estarse muy quieto, en no hacer nunca ni un solo movimiento precipitado, y por largo rato, cuando menos, en no mirar directamente al recién llegado. Vieron los aldeanos la silueta del barasing caminando altanero y como una sombra á través del obscuro bosque que estaba detrás del templo; al minaul, el faisán del Himalaya, luciendo sus hermosos colores ante la estatua de Kali, y á los langures sentados dentro y jugando con cáscaras de nuez. Algunos muchachos habían oído también á Sona, canturreando algo para sí mismo, como suelen hacer los osos, y con todo ello la reputación de milagrero que adquirió el Bhagat fué afirmándose más y más.

Y, sin embargo, nada más lejos de sus propósitos que el obrar milagros. Creía él que todas las cosas son un enorme milagro, y cuando un hombre llega á saber esto, sabe ya algo que le sirve de base. Estaba firmemente persuadido de que nada había grande ni pequeño en el mundo, y día y noche luchaba para llegar á penetrar en el corazón mismo de las cosas, volviendo al sitio de donde su alma había salido.

Dominado así por sus pensamientos, el descuidado cabello comenzó á caerle por encima de los hombros; en la losa que tenía al lado de la piel de antílope se hizo un agujerito con el continuo roce del extremo de la muleta que sobre ella se apoyaba; el sitio, entre los troncos de los árboles, donde día tras día descansaba el cuenco se hundió y fué gastándose, hasta llegar á ser un hueco tan pulimentado como la misma cáscara de color de tierra que allí se ponía; y cada animal sabía ya de memoria el lugar exacto que le correspondía junto al fuego. Con las estaciones cambiaron de color los campos; llenáronse y se vaciaron las eras, y volvieron una y otra vez á llenarse; y, al llegar el invierno, saltaron los langures por entre las ramas cubiertas de ligera capa de nieve, hasta que, con la primavera, trajeron las monas desde valles más cálidos á sus pequeñuelos de lánguida mirada. En cuanto al pueblo, pocos cambios hubo en él. El sacerdote había envejecido; muchos de los que, siendo niños, solían venir con el cuenco, mandaban ahora á sus propios hijos; y cuando alguien preguntaba á los aldeanos cuanto tiempo había vivido su santón en el templo de Kali, allá al extremo del desfiladero, contestaban aquéllos: «siempre».

Llegaron entonces más lluvias de verano, tales como jamás se vieron en aquellas montañas durante muchas estaciones. Por tres meses bien cumplidos el valle se vió envuelto en nubes y húmeda niebla... y el agua caía continua, sin parar, sucediéndose las tormentas una tras otra. El templo de Kali se quedaba generalmente por encima de las nubes, y hubo un mes entero en que el Bhagat no pudo ver ni por un momento la aldea. Estaba aquélla envuelta por una blanca cubierta de nubes que se balanceaba, mudaba de sitio, rodaba sobre sí misma, ó se arqueaba hacia arriba, pero que nunca se desprendía de sus estribos, los flancos del valle.