Durante todo este tiempo no oyó más que los millones de ruidos que hacía el agua por encima de las copas de los árboles; por debajo, y siguiendo el suelo; atravesando la pinocha, cayendo gota á gota de las mil lenguas de los enlodados helechos, y lanzándose, en fangosos canales que acababan de abrirse, por todos los declives. Entonces salió el sol é hizo elevarse de los deodoras y de los redodendros su agradable aroma, y con él vino aquel lejano, purísimo olor al que llaman los montañeses «el olor de las nieves». Duró el sol una semana, y, entonces, juntóse la lluvia en un último diluvio, y el agua empezó á caer formando sábanas que quitaron la corteza de la tierra y la hicieron, de nuevo, convertirse en barro. Purun Bhagat encendió aquella noche un gran fuego, porque estaba seguro de que sus hermanos necesitarían calor; pero ni un solo animal acudió al templo, por más que él llamara y llamara, hasta quedarse dormido, preocupado por la idea de lo que habría ocurrido en los bosques.
Era ya plena noche y caía la lluvia, produciendo el ruido de mil tambores á la vez, cuando fué despertado por unos tirones que daban á su manta, y, alargando la mano, hallóse con la muy pequeña de un langur.
—Mejor se está aquí que entre los árboles, dijo soñoliento, levantando un poco la mano. Toma y caliéntate.
El mono le cogió la mano y tiró de ella con fuerza.
—¿Qué quieres, pues, comida? dijo Purun Bhagat. Espera un rato y te la prepararé.
Como se arrodillara para echar leña al fuego, corrió el langur hasta la puerta del templo, lloriqueó allí á gritos, y volvió corriendo, tirándole al hombre de la rodilla.
—¿Qué hay? ¿Qué te ocurre, hermano? dijo Purun Bhagat, porque vió que los ojos del langur estaban preñados de cosas que no podía decir. Como no sea que alguno de tu casta haya caído en una trampa (y aquí no las pone nadie) no estoy dispuesto á salir con ese tiempo. ¡Mira, hermano, hasta el barasing viene aquí á buscar refugio!
Las astas del ciervo, al entrar á grandes pasos en el templo, chocaron contra la grotesca estatua de Kali. Bajólas en dirección de Purun Bhagat y pateó como sintiéndose violento, resoplando con fuerza por las contraídas narices.
—¡Ea! ¡Ea! ¡Ea! exclamó el Bhagat haciendo castañetear los dedos. ¿Este es el pago que me das por hospedarte una noche?
Pero el ciervo lo empujó hacia la puerta, y, al hacer esto, oyó Purun Bhagat el ruido de algo que se abría y vió dos losas del suelo separarse una de otra, mientras la pegajosa tierra formaba una boca cuyos labios se apartaban con un chasquido.