—Ya lo veo, ya, ahora, dijo Purun Bhagat. No es extraño que mis hermanos no se sentaran alrededor del fuego esta noche. La montaña se hunde. Y, sin embargo... ¿á qué marcharme?
Fijó los ojos sobre el cuenco vacío y la expresión de su cara cambió por completo.
—Hanme dado comida diariamente desde... desde que vine, y si no me doy prisa no quedará mañana ni un alma en todo el valle. Indudablemente, tengo el deber de ir y advertirles á todos los que en él viven lo que pasa. ¡Atrás, hermano! Déjame llegar hasta el fuego.
Retrocedió de mala gana el barasing y Purun Bhagat cogió un pedazo de tea, hundiéndolo en las llamas y revolviéndolo hasta que estuvo bien encendido.
—¡Ah! ¿Vinísteis á avisarme? Pues ahora haremos algo que será aún mucho mejor, mucho mejor. Vamos afuera, y préstame tu pescuezo, hermano, porque yo no tengo más que dos pies.
Agarró al barasing por la cerdosa crucera con la mano derecha, sostuvo la tea, que le servía de antorcha, con la izquierda, y salió del templo, hundiéndose en la obscuridad de la noche, que era terrible. No se sentía ni un soplo de viento, pero la lluvia apagaba casi la vacilante luz al lanzarse el gran ciervo por la pendiente, dejándose resbalar sobre las ancas. En cuanto salieron del bosque, otros de los hermanos del Bhagat se reunieron con él. Oyó, aunque no pudiera verlo, que los langures se apiñaban en torno suyo, y detrás sonaba el ¡uh! ¡uh! de Sona. La lluvia tejió sus largas guedejas de tal modo que parecían cuerdas; el agua le salpicaba al poner los desnudos pies en el suelo, y su amarillo ropaje se le pegaba al frágil cuerpo envejecido; pero él siguió andando con firme paso, apoyándose en el barasing. No era ya un santón, sinó Sir Purun Dass, K. C. I. E., Primer Ministro de un Estado que nada tenía de pequeño, hombre acostumbrado á mandar, y que iba entonces á salvar no pocas vidas. Por el fangoso y rápido sendero descendieron juntos el Bhagat y sus hermanos hasta que las patas del ciervo tropezaron contra el muro de una era, y dió aquél un bufido, porque su olfato le indicaba que por allí estaba el Hombre. Hallábanse ya al extremo de la única y tortuosa calle de la aldea, y el Bhagat golpeó con su muleta las cerradas ventanas de la casa donde vivía el herrero, mientras la tea que le servía de antorcha llameaba al abrigo del alero de aquélla.
—¡Levantaos y á la calle! gritó Purun Bhagat, y él mismo no reconoció su propia voz, porque años hacía que no hablaba en voz alta á ningún hombre. ¡La montaña se hunde! ¡La montaña se hunde! ¡Levantaos y echaos fuera todos los que estéis en las casas!
—Es nuestro Bhagat, dijo la mujer del herrero. Viene rodeado de sus animales. ¡Recoje á los pequeños y da la voz de alarma!
Corrió ésta de casa en casa, mientras los animales apiñados en la estrecha vía chocaban unos con otros y se atropellaban en torno del Bhagat, y Sona resoplaba con impaciencia.
Precipitóse á la calle toda la gente (no eran juntos más que unas setenta personas), y, á la luz de antorchas, vieron á su Bhagat, que aguantaba, para que no se escapara, al aterrorizado barasing, mientras los monos se cogían con aspecto lastimoso á la ropa de aquel y Sona se sentaba y comenzaba á dar bramidos.