—¡Atravesad el valle y subid á la montaña opuesta! gritó con fuerte voz Purun Bhagat. ¡Que no se quede nadie rezagado! ¡Nosotros iremos detrás!

Corrió, entonces, la gente como sólo los montañeses son capaces de correr, porque sabían que en un hundimiento de tierras lo que había que hacer era subirse al sitio más alto, al otro lado del valle. Huyeron, lanzándose al estrecho río que había al extremo, y subieron, sin aliento casi, por los terraplenados campos del otro lado, mientras el Bhagat y sus hermanos los seguían. Fueron ascendiendo por la montaña opuesta, llamándose unos á otros por su nombre (el modo de tocar llamada en la aldea), y, pisándoles los talones, subía trabajosamente el gran barasing, sobre el cual pesaba el cuerpo casi desfallecido de Purun Bhagat. Por fin, paróse el ciervo á la sombra de un espeso bosque de pinos, á ciento cincuenta metros de altura en la vertiente. Su instinto, que le advirtió del próximo hundimiento, díjole también que allí se hallaba seguro.

Junto á él dejóse caer casi desmayado Purun Bhagat, porque el enfriamiento ocasionado por la lluvia y aquella desesperada ascensión lo estaban matando; pero antes había dicho á los portadores de antorchas desparramados por la vanguardia:

—Paraos, y contad cuantos sois.

Luego, añadió en voz baja dirigiéndose al ciervo, al ver que las luces se agrupaban:

—Quédate conmigo, hermano. Quédate... hasta... que... me muera.

Oyóse en el aire un ruido leve como un suspiro, que se convirtió en murmullo; luego un murmullo que fué creciendo hasta parecer rugido; y el rugido traspasó todos los límites de lo que puede resistir el oido humano, y la vertiente en que los aldeanos se hallaban recibió un choque en medio de la obscuridad, retemblando sobre sus cimientos. Entonces una nota firme, profunda, clara como un do grave arrancado á un órgano, sofocó todo otro ruido por espacio, quizás, de cinco minutos, y, mientras duró, hasta las mismas raíces de los pinos temblaban. Pasó, y el rumor de la lluvia, cayendo sobre innumerables metros de tierra dura y de yerba, cambióse en ahogado tamborileo del agua sobre tierra blanda. Esto sólo bastaba para explicarlo todo.

Ni un solo aldeano (ni siquiera el mismo sacerdote) tuvo suficiente valor para hablar al Bhagat, que les había salvado á todos la vida. Acurrucáronse bajo los pinos, y allí esperaron hasta que se hizo de día. Cuando llegó éste miraron á través del valle, y vieron que lo que había sido bosque, y campos de cultivo, y tierras de pasto cruzadas de senderos, era ahora informe y sucio montón, pelado, rojo, en forma de abanico, con unos pocos árboles tirados con la copa hacia abajo sobre el declive. Subía esta masa roja hasta muy arriba de la montaña donde ellos buscaron refugio, deteniendo la corriente del estrecho río, que había comenzado ya á ensancharse, formando un lago de color de ladrillo. De la aldea, del camino que conducía al templo, y aun del templo mismo y del bosque situado á su espalda, no quedaba ni rastro. En el espacio de un cuarto de legua de ancho, y á más de seiscientos metros de profundidad, todo el flanco de la montaña había materialmente desaparecido, alisado por completo de arriba abajo.

Y los aldeanos, uno á uno, se acercaron á su Bhagat, á través del bosque, sin hacer ruido, para rezar ante él. Vieron entonces al barasing de pie, á su lado, y escapándose en cuanto estuvieron cerca; oyeron á los langures lamentándose por entre las ramas, y á Sona quejándose tristemente montaña arriba; pero su Bhagat estaba muerto, sentado, con las piernas cruzadas, apoyada la espalda en el tronco de un árbol, la muleta bajo el sobaco, y el rostro vuelto hacia el Noroeste.

El sacerdote les dijo: