—No es esto lo que necesito. Cantadles un poco para que no hallen tan solitario el camino; y la canción que cantéis, Hermano Gris, ninguna necesidad hay de que sea de las más dulces. Acompáñalos, Bagheera, y ayuda á entonar la canción. Cuando haya oscurecido ven á encontrarme junto á la aldea... el Hermano Gris sabe dónde.
—No es leve trabajo el de cazar para el Hombrecito. ¿Y cuándo dormiré? dijo Bagheera bostezando, aunque en los ojos se le viera la alegría con que se prestaba á aquel juego. ¡Cantarles yo á hombres desnudos! Pero probemos.
Bajó la cabeza para que el sonido llegara más lejos, y lanzó un larguísimo grito de: ¡Buena suerte!..., un grito para ser lanzado en mitad de la noche y que ahora, por la tarde, no dejaba de sonar de un modo horrible, sobre todo, como comienzo. Mowgli le oyó retumbar, elevarse, caer, extinguirse, al fin, en una especie de lamento que parecía arrastrarse, y sonrió á solas, al ir corriendo á través de la Selva. Distinguía perfectamente á los carboneros agrupados en círculo, mientras el cañón de la escopeta de Buldeo se balanceaba como una hoja de plátano, tan pronto hacia uno como hacia otro de los cuatro puntos cardinales. Entonces, lanzó el Hermano Gris el ¡ya-la-hi! ¡yalaha!, el grito de caza para los gamos, cuando la manada corre detrás del nilghai, la gran vaca azul, y pareció que el grito venía del fin del mundo, acercándose, acercándose cada vez más, hasta que terminó, al fin, en un chillido bruscamente cortado. Contestaron al lobo los otros tres, de tal modo que hasta el mismo Mowgli podía haber jurado que la manada entera gritaba á la vez, y entonces, todos juntos, prorrumpieron en la magnífica Canción matutina en la Selva, con todas las variaciones, preludios y demás que sabe hacer la potente voz de un lobo de los de la manada. He aquí la canción groseramente traducida á nuestro lenguaje; pero imaginaos cómo debe de sonar al romper el silencio de la tarde, en la Selva:
Sobre la llanura no vagaban sombras
ha sólo un instante,
de ésas que tan negras tras de nuestra pista
parecen lanzarse.
Las rocas y arbustos, en medio al reposo
matinal del aire,
con duros contornos se ven dibujados
y se alzan gigantes.
Llegó ya el momento de gritar: ¡Descansen
cuantos con cuidado nuestra Ley guardaren!
Recógense ahora todos nuestros pueblos
y van á ocultarse;
los fieros varones que la Selva tiene
se arrastran cobardes,
ó allá en sus guaridas permanecen quietos,
mientras el buey sale
y uncido en parejas arrastra el arado
que cien surcos abre.
Desnuda y temible la Aurora al alzarse
sobre el horizonte parece que arde.
¡Á nuestros cubiles! que el sol ya despierta
la yerba brillante,
y entre los bambúes se oyen ya susurros
que llevan los aires.
Al cruzar los bosques, que ilumina el día
¡qué raro contraste!
Los ojos nos duelen, y casi cerrarlos
tanta luz nos hace.
Entonces, volando va el pato salvaje
y—¡Hombres, es de día!—grita al alejarse.
Seco en vuestras pieles está ya el rocío
que mojólas antes;
secos los caminos que él humedecía,
y en los barrizales
los charcos se truecan en frágil arcilla
que cruje al quebrarse.
La Noche, traidora, revela las huellas
que ocultaba, y parte.
Por eso nosotros gritamos: ¡Descansen
todos los que fieles nuestra Ley guardaren!
Pero no hay traducción que pueda darnos exacta idea del efecto que la canción producía, ni de los desdeñosos aullidos con que los Cuatro iban diciendo cada palabra de la misma, al oir que las ramas crujían cuando, á toda prisa, se encaramaban los hombres á ellas, mientras Buldeo comenzaba á repetir encantos y maleficios. Después de esto, echáronse y durmieron, porque, como todos los que viven gracias al propio esfuerzo, eran de carácter metódico, y nadie puede trabajar bien sin dormir.
Entre tanto, iba Mowgli devorando leguas, más de dos por hora, balanceando el cuerpo, contentísimo por hallarse tan ágil después de todos los meses de sujeción que había pasado entre los hombres. Su idea fija era sacar á Messua y á su marido de la trampa, fuera de la clase que fuera, porque á él le inspiraban natural desconfianza todas las trampas. Más tarde, prometíase pagar con creces las deudas que tenía pendientes con la aldea.
Era ya el anochecer cuando vió las tierras de pastos que tan bien recordaba, y el árbol de dhâk, donde el Hermano Gris le había esperado aquella mañana en que mató á Shere Khan. Incomodado, como estaba, con toda la raza humana, sintió que algo le oprimía la garganta y le obligaba á recobrar con fuerza el perdido resuello cuando tendió la vista sobre los tejados de la aldea. Observó que todo el mundo había vuelto del campo á hora más temprana de lo acostumbrado, y que en vez de ir á cuidar de la cena se reunían en un gran grupo bajo el árbol de la aldea, hablando y gritando.
—Está visto que los hombres no están contentos más que cuando pueden construir trampas para sus semejantes, dijo Mowgli. La otra noche era yo... pero de aquella noche parecen haber pasado ya muchas lluvias. Esta noche son Messua y su hombre. Mañana (y muchas noches más después de mañana), le llegará otra vez el turno á Mowgli.
Arrastróse á lo largo de la parte exterior del muro hasta llegar á la choza de Messua, y, una vez allí, miró por la ventana hacia el interior de la habitación. En ella estaba echada Messua, amordazada, atados pies y manos, respirando fuertemente y dando gemidos; mientras á su marido se le veía amarrado á la cama pintada de alegres colores. La puerta de la choza que daba á la calle estaba fuertemente cerrada, y tres ó cuatro personas se sentaban con la espalda contra ella.
Conocía Mowgli bastante bien los usos y costumbres de los aldeanos. Dedujo, pues, de sus observaciones que mientras pudieran aquéllos comer, charlar y fumar nada más que esto habían de hacer; pero en cuanto estuvieran hartos comenzarían á ser peligrosos. Dentro de poco estaría de vuelta Buldeo, y si su escolta había cumplido con su deber, el cazador tendría un interesantísimo cuento más que referir. Así, pues, entró por la ventana, y, agachándose junto al hombre y la mujer, cortó las ataduras, quitó la mordaza, y buscó en la choza un poco de leche.