Miraron á uno y otro lado los carboneros, y dieron gracias á su buena estrella de que pudieran decir que no; pero manifestaron que, indudablemente, Buldeo, cuyo valor era de todos conocido, podría encontrarle mejor que nadie. El sol iba ya al ocaso, y pensaban ellos que acaso podrían darse una vuelta por la aldea de Buldeo para ver á aquella bruja malvada. Á esto contestó el cazador que, aunque su deber era matar al niño-diablo, no podía permitir que un grupo de hombres que no iban armados atravesara la selva sin ir escoltado por él, cuando de donde menos se pensara podía salir á cada momento el niño-diablo. Por lo tanto, él les acompañaría, y si el hijo de los hechiceros se presentaba... ya les enseñaría él como se las había con tal clase de seres el mejor cazador de Seeonee. El brahmán, dijo, le había dado un amuleto para protegerse contra aquel maligno espíritu, con lo cual nada había, pues, que temer.

—¿Qué dice? ¿Qué dice? ¿Qué dice? repetían los lobos cada cinco minutos, y Mowgli iba traduciendo, hasta que llegó á aquella parte del relato en que se hablaba de la bruja, y que era algo superior á sus facultades, por lo que dijo que el hombre y la mujer que tan amables habían sido con él estaban metidos en una trampa.

—¿Pero es que los hombres se encierran unos á otros en trampas?

—Eso dice él. No entiendo su charla. Se han vuelto locos todos. ¿Qué tienen que ver conmigo Messua y su marido para que los metan en una trampa, y qué significa todo eso que dice de la Flor Roja? Tendré que ver lo que es. De todos modos, sea lo que fuere lo que le hagan á Messua, nada realizarán hasta que vuelva Buldeo. Por lo tanto...

Quedóse Mowgli pensando profundamente, mientras sus dedos jugaban con el mango del cuchillo, y, entre tanto, Buldeo y los carboneros se alejaron tranquilos, formando una hilera.

—Me vuelvo corriendo á la manada de los hombres, dijo, al fin, Mowgli.

—¿Y ésos? preguntó el Hermano Gris, mirando como hambriento hacia los carboneros.

—Cantadles un poco mientras regresan á casa, contestó Mowgli sonriendo. No quisiera que llegaran á las puertas de la aldea hasta que fuera de noche. ¿No podéis vosotros entretenerlos?

El Hermano Gris enseñó los dientes con aire despreciativo.

—O yo no sé lo que son hombres, ó podemos hacerles dar vueltas y vueltas como cabras atadas á una cuerda...