—Más divertido es esto que la misma caza, dijo el Hermano Gris al ver que Buldeo se agachaba, miraba á hurtadillas y resollaba fuertemente. Parece un cerdo perdido en las selvas de la orilla del río. ¿Qué es lo que dice? añadió al ver que Buldeo murmuraba algo con aire furioso.
Mowgli tradujo entonces:
—Dice que manadas enteras de lobos debieron de bailar en torno mío... y que en toda su vida no vió jamás un rastro así... y que está cansado.
—Ya descansará antes de que haya podido desembrollar la pista, dijo fríamente Bagheera dando la vuelta al tronco de un árbol como si estuvieran todos jugando á la gallina ciega. Y ahora ¿qué es lo que hace ese viejo flacucho?
—Comer ó sacar humo por la boca. Los hombres siempre juegan con ella, dijo Mowgli. Y los silenciosos ojeadores vieron cómo el viejo llenaba, encendía y chupaba una pipa de las de agua, y se fijaron especialmente en el olor del tabaco para por él estar seguros de reconocer á Buldeo, si era preciso, aunque fuése en mitad de la más obscura noche.
Descendió, entonces, por el camino un grupo de carboneros, y, naturalmente, se pararon á hablar á Buldeo, cuya fama de cazador se extendía lo menos cinco leguas á la redonda. Sentáronse todos y fumaron, acercándose Bagheera y los demás para observarlos, mientras Buldeo comenzó á contar la historia de Mowgli, el niño-diablo, de cabo á rabo, con adiciones y mentiras. Hablóles de cómo él mismo había matado realmente á Shere Khan; de cómo Mowgli se había convertido en lobo, luchando con él toda la tarde, y transformádose luego nuevamente en muchacho, y embrujádole el rifle á Buldeo, de tal modo que cuando éste se lo apuntó á Mowgli la bala dió media vuelta y fué á matar á uno de los búfalos del propio Buldeo; finalmente, de cómo sabiendo los de la aldea que era él el más bravo de todos los cazadores de Seeonee le había comisionado para que fuera en busca del niño-diablo y lo matara. Pero, entretanto, los aldeanos habían cogido á Messua y á su marido, que eran, indudablemente, los padres del niño-diablo, y habíanlos encerrado en su propia choza, y dentro de poco los someterían al tormento, para hacerles confesar que él era un brujo, y una bruja ella, tras de lo cual los quemarían vivos.
—¿Cuándo? dijeron los carboneros, porque ellos deseaban muchísimo estar presentes á la ceremonia.
Contestó Buldeo que nada se haría hasta que él volviera, porque en la aldea deseaban que matara antes al Niño de la Selva. Después de esto despacharían á Messua y á su marido, y dividirían sus tierras y sus búfalos entre los habitantes de la aldea. Por cierto que el marido de Messua tenía algunos búfalos magníficos. Era muy conveniente, en opinión de Buldeo, el ir quitando de en medio á todos los hechiceros, y esa gente que mantiene niños-lobos sacados de la Selva, constituía, evidentemente, la peor clase de brujos.
—Pero ¿qué ocurriría si se enteraban de eso los ingleses? dijeron los carboneros. Los ingleses, según ellos habían oido decir, eran gente de tan poco seso que no querían permitir que honrados labradores mataran en paz á sus brujos.
—¿Y qué? contestó Buldeo: el jefe de la aldea daría parte de que Messua y su marido habían muerto de la picadura de una serpiente. En cuanto á eso podía decirse que era ya cosa hecha; lo único que faltaba ahora era matar al niño-lobo. ¿No habían visto ellos, por casualidad, á aquel engendro?