Miraba Mowgli ya á uno ya á otro de sus amigos, palpitante el pecho y llenos de lágrimas los ojos. Adelantóse á grandes pasos hacia los lobos é hincando una rodilla dijo:

—¿Por ventura no sé yo lo que quiero? ¡Miradme!

Miráronle con cierto embarazo, y cuando sus ojos se desviaron volvió á llamarles él una y otra vez, hasta que se les erizó el pelo en todo el cuerpo, y les temblaron los miembros, mientras Mowgli seguía clavándoles la vista.

—Ahora, les dijo, de nosotros cinco ¿quién es aquí el jefe?

—Tú, Hermanito, dijo el Hermano Gris, y se acercó á lamer el pie de Mowgli.

—Seguidme, pues, contestó éste. Y los cuatro le siguieron, pisándole los talones y con la cola entre piernas.

—Esa es la consecuencia de haber vivido con la manada de los hombres, dijo Bagheera deslizándose tras ellos. Hay ahora en la Selva algo más que su Ley, Baloo.

Nada contestó el oso; pero quedóse pensando infinidad de cosas.

Cortó Mowgli á través de la Selva sin producir el menor ruido, en ángulo recto con el camino que seguía Buldeo, hasta que, separando la maleza, vió al viejo con el mosquete al hombro, y siguiendo á un trotecillo como de perro el rastro de la noche anterior.

Recordaréis que Mowgli abandonó la aldea llevando á cuestas la pesada carga de la piel sin adobar de Shere Khan, mientras Akela y el Hermano Gris corrían detrás, de modo que el triple rastro quedaba marcado con toda claridad. De pronto llegó Buldeo al sitio en que Akela había retrocedido, como ya sabéis, y embrollado todas las señales de la pista. Sentóse, entonces, tosió y refunfuñó, dió rápidas ojeadas, en torno suyo y en dirección de la Selva, para recobrar el perdido rastro, y durante todo el tiempo que estuvo haciendo esto hubiera podido tocar con una pedrada á los que estaban observándole. Nadie puede hacer las cosas tan silenciosamente como un lobo cuando no quiere él que le oigan, y, en cuanto á Mowgli, aunque sus compañeros creyeran que se movía muy pesadamente, ello es que sabía deslizarse como una sombra. Rodeaban todos al viejo como una manada de puercos marinos rodea á un vapor que va á toda máquina, y, mientras lo tenían encerrado en un círculo, hablaban descuidadamente, porque se mantenían á un diapasón muy por debajo de lo que ineducados oídos humanos pueden llegar á percibir. (Al otro extremo de la escala se halla el agudo chillido de Mang, el murciélago, que innumerables personas no oyen poco ni mucho. De esta nota participan el lenguaje de los pájaros, de los murciélagos y de los insectos).