Nada dijeron los cuatro cachorros; pero echaron montaña abajo, casi aplastados contra el suelo, y parecieron fundirse con los espinos y malezas, como un topo desaparece bajo la tierra de un prado.

—¿Á dónde vais, así, y sin decir palabra? gritóles Mowgli.

—¡Chis! Antes de mediodía haremos rodar por aquí su cráneo, contestó el Hermano Gris.

—¡Atrás! ¡Atrás! ¡Esperad! ¡Los hombres no se comen unos á otros! chilló Mowgli.

—¿Y quién, si no tú, es el que hace un momento quería ser lobo? ¿Quién el que me tiró una cuchillada por creer yo que podía él ser hombre? dijo Akela, mientras los cuatro lobos volvían de mala gana y se dejaban caer sobre las patas traseras.

—¿Tengo, acaso, que explicar los motivos de todo lo que se me antoje hacer? contestó, furioso, Mowgli.

—¡Ya apareció el Hombre! ¡Así es como los hombres hablan! murmuró entre dientes Bagheera. ¡Así hablaban alrededor de las jaulas del Rey en Oodeypore! Á nosotros, los de la Selva, nos consta que el hombre es el más sabio de todos los seres creados. Pero, si diéramos siempre fe á nuestros propios oídos, nos convenceríamos de que es lo más tonto de este mundo.

Elevando la voz añadió:

—El hombrecito tiene en esto razón. Los hombres cazan en cuadrilla. Matar á uno, mientras no sepamos qué es lo que van á hacer los demás, es cazar mal. Venid, vamos á ver qué es lo que ése hacer contra nosotros.

—No iremos, refunfuñó el Hermano Gris. Caza solo, Hermanito. Nosotros... sabemos lo que queremos. Ya hubiera estado ahora el cráneo á punto de traerlo aquí.