—Pero ¿por qué ha de seguirlo? Los hombres me han arrojado de su seno. ¿Qué más quieren? dijo, incomodado, Mowgli.

—Un hombre eres, Hermanito, contestó Akela. No somos nosotros, los Cazadores Libres, los que hemos de decirte lo que hacen los de tu casta, ni las razones que para ello tengan.

Apenas si tuvo tiempo de levantar una pata y ya el cuchillo de Mowgli se clavaba en el suelo, en el sitio en que había estado aquélla. El muchacho dió el golpe con mucha más presteza de lo que el ojo humano está acostumbrado á ver y á seguir; pero Akela era un lobo; y hasta un perro, que dista ya bastante de los lobos salvajes, sus abuelos, puede despertar de profundo sueño al sentir que la rueda de un carro le toca en un lado, y escaparse ileso antes de que aquélla le pase por encima.

—Otra vez, dijo Mowgli con calma, volviendo el cuchillo á la vaina, procura pensarlo dos veces antes de hablar de la manada de los hombres y de mí.

—¡Pché! Afilado está ese diente, contestó Akela, olfateando el corte que la hoja había hecho en el suelo; pero al vivir con la manada de los hombres has perdido el buen ojo, Hermanito. Con el tiempo que has necesitado tú para dejar caer el cuchillo hubiera tenido yo bastante para matar á un gamo.

De un salto púsose Bagheera en pie, levantó la cabeza tanto como pudo, resopló, y cada curva de su cuerpo pareció ponerse tirante. Pronto siguió su ejemplo el Hermano Gris, echándose un poco hacia la izquierda para mejor recibir el viento que soplaba de la derecha; y, entre tanto, Akela saltaba á una distancia de cerca de cincuenta metros y se quedaba medio agachado, tirantes también todos sus músculos. Mowgli sintió envidia al mirarlos. Tenía él tan fino el olfato como pocos hombres puedan tenerlo; pero nunca había podido llegar á aquella extremada finura característica de toda nariz perteneciente al Pueblo de la Selva y que hace que cada una se asemeje á un gatillo sensible hasta á la presión de un cabello. Además, los tres meses pasados en la ahumada aldea habían embotado grandemente su facilidad para percibir olores. Sea como fuere, humedeció un dedo, frotólo contra la nariz y se irguió para mejor tomar el viento alto, que aunque es el más débil, es, sin embargo, el que no engaña.

—¡El hombre! gruñó Akela, dejándose caer sobre las ancas.

—¡Buldeo! dijo Mowgli, sentándose. Sigue nuestro rastro; allá abajo veo brillar al sol su escopeta. ¡Mirad!

No fué más que una chispa de luz, que no duró ni un segundo y que brotó de las lañas de latón del viejo mosquete; pero nada hay en la Selva que brille de aquel modo, con tal chispazo, excepto cuando las nubes emprenden la carrera por el cielo. Entonces un pedazo de mica, un charco de agua ó hasta una hoja muy barnizada brillan como un heliógrafo. Pero aquel día no se veían nubes y todo estaba en calma.

—Ya sabía yo que los hombres seguirían el rastro. Por algo he dirigido á la manada.