Y Baloo y Bagheera juntos repitieron como un eco:

—Deja en paz á los hombres.

Mowgli, colocada la cabeza sobre uno de los lados de Mamá Loba, sonrió tranquilamente, y dijo que, por su parte, no deseaba ver ú oir á hombre alguno, ni husmearlo siquiera.

—Pero (contestó Akela levantando una oreja), pero ¿y si fueran los hombres los que no te dejaran á tí en paz, Hermanito?

Cinco somos... dijo el Hermano Gris mirando á los allí reunidos y castañeteando los dientes al pronunciar la última palabra.

—También nosotros podríamos tomar parte en la caza, añadió Bagheera sacudiendo un poco la cola y mirando á Baloo. Pero ¿por qué pensar ahora en los hombres, Akela?

—Por esta razón, contestó el Lobo Solitario: cuando la amarilla piel de ese ladrón estuvo extendida sobre la peña volví yo, siguiendo nuestra acostumbrada pista, hacia la aldea, pisando en mis mismas huellas, volviéndome de lado y echándome, para que así se perdiera el rastro, si alguien intentaba seguirnos. Pero cuando hube enmarañado de tal modo ese rastro que ni yo mismo era capaz de reconocerlo, Mang, el murciélago, llegó, vagando por entre los árboles, y se puso á revolotear en el sitio en que yo estaba. Díjome entonces:

—La aldea en que vive la manada de hombres que arrojó al cachorro humano está como un avispero.

—Es que la piedra que les tiré yo era gorda, dijo, riéndose, Mowgli, que muchas veces se había divertido en tirar papayas secas á los avisperos, echando luego á correr hasta la laguna más próxima antes de que los avispones se le echaran encima.

—Preguntéle á Mang qué es lo que había visto. Díjome que á la puerta de la aldea florecía la Flor Roja, y que, en torno suyo, se sentaban hombres que llevaban escopetas. Ahora bien, yo sé, porque mis razones tengo para ello (y Akela miró, al decirlo, á las antiguas cicatrices que tenía en los lados é ijadas), que los hombres no llevan escopetas sólo por el gusto de llevarlas. No pasará mucho tiempo, Hermanito, antes de que un hombre nos siga el rastro... si no lo está haciendo ya.