—Y ¿qué es un diablo? preguntó Mowgli. En cuanto á la muerte la he visto ya.

Miró el hombre al muchacho con aire lúgubre, pero Messua se rió.

—¿Ves? le dijo á su marido. Ya lo sabía yo... ya decía yo que no era él ningún hechicero. ¡Es mi hijo... mi hijo!

—Hijo ó hechicero... ¿de qué ha de servirnos ya? contestó el hombre. Lo que es nosotros podemos darnos por muertos.

—Ahí está el camino de la Selva... dijo Mowgli, señalando á través de la ventana. Libres tenéis ya manos y pies. Marchaos ahora mismo.

—No conocemos nosotros la Selva, hijo mío, como... como la conoces tú, comenzó á decir Messua. No creo, tampoco, que pudiera yo llegar muy lejos.

—Y hombres y mujeres nos seguirían para arrastrarnos nuevamente hasta aquí, añadió el marido.

—¡Pché! contestó Mowgli, mientras se hacía cosquillas en la palma de la mano con la punta de su cuchillo: no tengo ningunas ganas de causar á nadie en la aldea el menor daño... todavía; pero no creo que á vosotros os detengan. De aquí á un momento tendrán otras muchas cosas en que pensar. ¡Ah! añadió levantando la cabeza y escuchando los gritos y el ruido de pasos fuera de la casa. ¡De modo que, por fin, han dejado volver á Buldeo!

—Mandáronle esta mañana para que te matara, gritó llorando Messua. ¿No lo encontraste?

—Sí... lo encontramos... lo encontré yo. Tiene algo que contar, y, mientras lo cuenta, tiempo hay para hacer mucho. Pero antes tengo que enterarme de sus propósitos. Pensad á donde queréis ir, y decídmelo cuando vuelva.