Pero es difícil arrancar á una aldea en masa del sitio en que parece estar sujeta con amarras. Allí siguieron sus habitantes mientras les quedaron comestibles de los usados en verano, y hasta probaron de alimentarse recogiendo nueces en la Selva; pero unas sombras de ojos brillantes les observaban, pasando ante ellos aun en mitad del día; y, cuando retrocedían corriendo hasta las paredes de sus chozas, notaban que los troncos de los árboles, por delante de los cuales habían pasado hacía menos de cinco minutos, tenían la corteza arrancada á tiras, y aparecían llenos de señales, hechas, como á cincel, por alguna enorme garra. Cuanto más se encerraban en su aldea, más atrevidas se volvían las fieras, que corrían por los prados rugiendo, junto al río Wainganga. Ni tiempo les quedaba para recomponer las paredes posteriores de los establos que daban hacia la Selva: el jabalí las pisoteaba; las vides silvestres, de nudosas raíces, se apresuraban, luego, á clavar sus codos sobre la tierra que acababan de conquistar, y, al fin, la gruesa yerba erizaba allí sus puntas, como las lanzas de un ejército de fantasmas que persiguiera á otro en retirada.

Los hombres solteros fueron los primeros en huir, y esparcieron por todas partes la noticia de que la aldea estaba condenada á desaparecer. ¿Quién podía luchar, decían, contra la Selva, ó contra sus dioses, cuando hasta la misma cobra de la aldea había abandonado el agujero que ocupaba en la plataforma, bajo el árbol á cuya sombra se celebraban las reuniones? Así, el escaso comercio que allí se practicaba con el mundo exterior fué reduciéndose, como los caminos trillados, en los claros de la maleza, fueron disminuyendo y borrándose. Al fin, los trompeteos nocturnos de Hathi y de sus tres hijos dejaron de molestar á los aldeanos, porque nada les quedaba ya que pudiera serles robado. La cosecha que había sobre la tierra y la semilla enterrada bajo ella habían desaparecido por igual. Los campos distantes perdían su antigua forma, y la hora había ya llegado de acogerse á la caridad de los ingleses que vivían en Khanhiwara.

Siguiendo la costumbre indígena, retrasaron los aldeanos su partida, dejándola de un día para otro, hasta que las primeras lluvias les cogieron desprevenidos; los abandonados techos de las chozas dieron paso á torrentes de agua; las tierras destinadas á pastos se inundaron hasta la altura del tobillo; y toda vida pareció renacer allí con fuerza tras los calores del verano. Entonces echaron á andar por el barro (hombres, mujeres y niños), bajo la lluvia matinal que les cegaba; pero se volvieron, por un impulso natural, para dar el último adiós á sus hogares.

En el momento en que atravesaba las puertas de la aldea la última familia, agobiada bajo el peso de los fardos, oyóse ruido de bigas y techos de bálago que se hundían detrás de los muros. Vieron entonces una trompa negra y brillante, parecida á una serpiente, levantada en alto por un momento y ocupada en esparcir el bálago hervido. Desapareció, y pronto pudo oirse el ruido de otro hundimiento al que siguió un agudo grito. Hathi había estado arrancando techos de las chozas como quien arranca nenúfares, y una biga le había alcanzado al caer. No necesitaba más que esto para mostrar toda su contenida fuerza, porque, de cuantos seres hay en la Selva, el elefante salvaje, cuando está furioso, es el más destructor por maldad, por gusto. Dió una patada á una pared de tapia, que se deshizo con el golpe, y, desmenuzándose, se convirtió en amarillo barro, gracias al torrente de agua que caía. Entonces, volvióse en redondo, y, dando agudos gritos, lanzóse á través de las estrechas calles, apoyándose fuertemente contra las chozas á derecha é izquierda, destrozando las desvencijadas puertas y aplastando los aleros, mientras sus tres hijos corrían detrás de él, como habían corrido cuando la destrucción de los campos de Bhurtpore.

—La Selva se tragará esas cáscaras que quedan, dijo una voz reposada, entre las ruinas. Lo que ahora hay que echar abajo es el muro exterior, añadió, y, en aquel momento, Mowgli, chorreándole la lluvia por los desnudos hombros y brazos, saltó desde una pared, que se venía al suelo como un búfalo cansado.

—Llegas oportunamente, dijo Hathi jadeante. ¡Oh! ¡Pero en Bhurtpore tenía yo los colmillos rojos de sangre!... ¡Al muro exterior, hijos míos! ¡Con la cabeza! ¡Todos á la vez! ¡Ahora!

Empujaron los cuatro, puestos uno al lado de otro; hizo comba la pared, rajóse, y cayó, mientras los aldeanos, mudos de terror, veían las feroces cabezas de los destructores, rayadas de arcilla, apareciendo por el roto boquete. Entonces huyeron, sin hogar ya y sin alimentos, por el valle, contemplando como la aldea, hecha pedazos esparcidos y pisoteados, se desvanecía á su espalda.

Un mes después, el lugar era un otero lleno de hoyos y cubierto de blanda, verde yerba recién nacida, y al terminar las lluvias, la Selva entera rugía á plenos pulmones en el sitio donde aun no hacía seis meses que el arado solía remover la tierra.

Canción de Mowgli contra los hombres