—¡Por el cerrojo que me dejó escapar!... dijo, al fin, la pantera negra, ¿eres tú aquella cosita desnuda en favor de la cual hablé en la manada cuando todas las cosas eran más jóvenes que ahora? ¡Dueño de la Selva, cuando pierda yo mis fuerzas habla en favor mío... habla también en favor de Baloo... defiéndenos á todos nosotros! ¡Ante tí no somos más que cachorros... ranillas que tu pie destroza... cervatos que han perdido á su madre!

La idea de que Bagheera fuera un cervatillo perdido causó tal impresión en Mowgli que se echó á reir, perdió el aliento, volvió á recobrarlo y á perderlo, riéndose siempre, hasta que, al fin, tuvo que zambullirse en una laguna para que se le parara la risa. Entonces, púsose á nadar dando vueltas en ella, hundiéndose en el agua, de cuando en cuando, ora á la luz de la luna, ora fuera de ella, como una rana, como el animal que lleva el mismo nombre que á él le daban.

Entretanto, Hathi y sus tres hijos habían partido separados, en dirección de los cuatro puntos cardinales, y se alejaban á grandes pasos por los valles, á un cuarto de legua de distancia. Siguieron andando así durante dos días (ó sea anduvieron más de quince leguas) á través de la Selva; y cada paso que dieron y cada balanceo de sus trompas era visto, observado cuidadosamente y comentado por Mang, Chil, el Pueblo de los monos y todos los pájaros. Luego empezaron á comer, y comieron tranquilamente por espacio de una semana, ó cosa así. Hathi y sus hijos son parecidos á Kaa, la serpiente pitón de la Peña: no se apresuran, más que cuando hay necesidad de hacerlo.

Pasado este tiempo, y sin que nadie supiera el origen del rumor, comenzó á esparcirse por la Selva el de que en tal ó cual valle podían hallarse mejor comida y agua de lo acostumbrado. Los jabalíes (que son capaces de ir al fin del mundo para procurarse algo bueno que comer) empezaron á marcharse por grandes grupos, empujándose unos á otros por encima de las rocas; siguiéronles los ciervos, con las pequeñas y salvajes zorras que viven de los muertos y moribundos que hay en las manadas de aquéllos; el nilghai, de pesados hombros, marchó en línea paralela con los ciervos, y los búfalos que viven en los pantanos fuéronse también detrás del nilghai. La cosa más insignificante hubiera bastado para hacer que se volvieran las esparcidas é indóciles manadas, que pacían de cuando en cuando, vagaban de una parte á otra, bebían, y volvían á pacer; pero, siempre que se producía alguna alarma, no faltaba quien se encargara de apaciguarlos á todos. Unas veces era Sahi, el puerco espín, que venía con grandes noticias de cosas excelentes que podían comerse con sólo ir un poco más hacia adelante; otras era Mang el que gritaba dando ánimos, y se lanzaba por un claro de bosque para enseñar que nada había que estorbara el paso; ó Baloo, llena la boca de raíces, caminaba, bamboleándose, á lo largo de alguna indecisa fila, y, mitad asustando á todos, mitad retozando con ellos, les obligaba á tomar el verdadero camino. Muchos de los animales se volvieron atrás, se escaparon, ó dejaron de sentir ya interés por aquella marcha; pero también quedaron otros muchos decididos á seguir adelante. Al cabo de unos diez días, la situación era la siguiente: los ciervos, jabalíes, y nilghais iban pulverizándolo todo, en un círculo de dos leguas ó dos leguas y media de radio, mientras los animales carnívoros libraban sus escaramuzas en los bordes de aquel gran círculo. Y el centro de éste era la aldea; y alrededor de ella iban madurando las cosechas; y en medio de los campos que las contenían había hombres sentados en lo que allí se llaman machans (plataformas parecidas á palomares, hechas de palos colocados sobre cuatro puntales) para espantar á los pájaros y á los ladrones de otra clase. Entonces no hubo ya más contemplaciones con los ciervos: los carnívoros, colocándose detrás de ellos, los empujaron hacia adelante, al propio tiempo que hacia lo interior del círculo.

Cuando Hathi y sus tres hijos llegaron de la Selva, como deslizándose, y rompieron con la trompa los puntales de los machans, era una noche obscura. Cayeron éstos como si fueran rotos tallos de cicuta en flor, y los hombres que junto con ellos vinieron al suelo se encontraron con que á su lado resonaba el ruido gutural que hacen los elefantes. Entonces, la vanguardia de los azorados ejércitos de ciervos lanzóse, como una inundación, sobre las tierras de pastos y de cultivo, pertenecientes á la aldea; el jabalí de agudas pezuñas é inclinado á hozar, fuése, también, con ellos, con lo cual lo que el ciervo dejaba lo estropeaba él; y, de cuando en cuando, algún alboroto producido por los lobos agitaba á todas las manadas y las hacía correr de un lado á otro como locas, pisoteando la cebada verde y cegando las acequias. Antes de que apuntara el alba, la presión sobre la parte exterior del círculo cedió en uno de los puntos de éste. Los carnívoros habían retrocedido, dejando abierto el paso en dirección al Sur, y por allí se escapaban los gamos á manadas.

De los demás animales, otros, más atrevidos, se tendían entre los matorrales para terminar la comida á la noche siguiente.

Pero el trabajo puede decirse que estaba ya hecho. Cuando los aldeanos miraron hacia sus campos, por la mañana, vieron que las cosechas estaban perdidas. Y eso significaba que la muerte se hallaba cercana para ellos si no se marchaban, porque, un año sí y otro no, vivían tan próximos á morirse de hambre como próxima á ellos tenían la Selva. Al mandar á los búfalos para que fueran á pacer, los hambrientos animales se hallaron con que los ciervos habían dejado ya limpias todas las tierras de pastos, y así vagaron de un lado á otro por la Selva esparciéndose y yendo á juntarse con sus semejantes no domesticados; luego, al llegar la hora del crepúsculo, los tres ó cuatro caballitos que había en la aldea fueron hallados muertos en sus establos, con la cabeza destrozada. Sólo Bagheera podía haber dado golpes como aquéllos, y sólo á ella se le hubiera ocurrido la insolente idea de arrastrar el último cuerpo muerto hasta la calle.

No les quedaron á los aldeanos ánimos para encender fogatas en los campos aquella noche, y así Hathi y sus tres hijos fueron espigando entre lo que había quedado, y donde espiguea Hathi no hay necesidad de que nadie vaya detrás de él. Decidieron los hombres vivir del trigo que guardaban para semilla, hasta que vinieran las lluvias, y entonces ponerse á servir como criados para recuperar, con lo que ganaran, lo perdido aquel año; pero mientras el negociante de granos estaba ya pensando en sus repletos graneros y en los precios que podría obtener al vender lo almacenado, los afilados colmillos de Hathi arrancaban toda una esquina de su casa, hecha de tapia, y rompían la gran arca de mimbres, cubierta de amontonado estiércol de vaca, en la cual se guardaba el precioso grano.

Al descubrirse esta última pérdida llegó para el brahmán el momento oportuno de hablar. Hasta entonces había estado rezándoles á sus propios dioses sin obtener de ellos contestación. Podría ser, dijo, que, inadvertidamente, hubiera la aldea ofendido á alguno de los dioses de la Selva, porque era indudable que ésta se había puesto en contra de ellos. Como consecuencia de tales palabras mandaron á buscar al jefe de la más próxima tribu de gondos errantes (gente pequeña, lista y muy negra de color, que vive, dedicándose á la caza, en el corazón de la Selva, y cuyos antepasados fueron la raza más antigua de la India), los propietarios aborígenes de aquella tierra. Obsequiaron al gondo con lo poco que les quedaba, y él sosteníase sobre una pierna, arco en mano, y atravesados en el moño que formaban sus recogidos cabellos dos ó tres dardos envenenados, siendo su aspecto de temor y desprecio, á la vez, hacia los aldeanos, que le miraban ansiosos, y hacia sus destruidos campos. Deseaban saber, los que le consultaban, si sus dioses (los antiguos dioses) estaban incomodados con ellos, y qué sacrificios había que ofrecerles. El gondo no dijo una palabra, pero cogió unos sarmientos de karela, la especie de vid que produce amargas calabazas silvestres, y los puso entrelazados sobre la puerta del templo, frente á la cara de la roja imagen india cuyos ojos parecían mirar fijamente. Entonces, hizo un signo, como empujando con la mano en el espacio, en dirección del camino que conducía á Khanhiwara, y volvióse á su Selva, observando á los animales que la poblaban moverse en todas direcciones á través de ella. Bien sabía que cuando toda la Selva empieza á ponerse en movimiento sólo los hombres blancos son capaces de meterla en cintura.

No había necesidad de preguntar lo que significaba la predicción. Las calabazas silvestres crecerían en adelante en el sitio donde habían ellos adorado á su dios, y, cuanto antes mejor, convenía que todos se pusieran en salvo.