—¡Mata, pues! dijo el más joven de los hijos de Hathi cogiendo un manojo de yerba, sacudiéndolo entre sus patas delanteras y arrojándolo lejos, mientras sus ojos, pequeños y rojizos, miraban de soslayo á uno y otro lado.
—¿Y para qué necesito yo huesos blancos? contestó Mowgli con malhumor. ¿Soy acaso algún lobato para entretenerme jugando al sol con algún cráneo? Maté á Shere Khan, y su piel se pudre allá sobre la Peña del Consejo; pero... pero no sé adonde ha ido á parar él, y vacío de su carne tengo aun el estómago. Esta vez quiero algo que pueda yo verlo y tocarlo. ¡Lanza á la Selva en masa contra la aldea, Hathi!
Al oir esto estremecióse Bagheera y se acurrucó. Comprendía ella, suponiendo que se llevaran las cosas hasta el extremo, una rápida embestida por la calle del pueblo y unos cuantos golpes repartidos á diestro y siniestro entre la multitud, ó bien el matar por astutos medios á algunos hombres, mientras araban, allá á la hora del crepúsculo; pero ese proyecto de borrar deliberadamente de la vista de hombres y de fieras á toda una aldea la aterrorizaba. Ahora comprendía porque Mowgli había mandado llamar á Hathi. Nadie más que el elefante, que tan larga vida contaba, podía trazar el plan de semejante guerra y llevarla á cabo.
—Que corran como corrieron los hombres que cultivaban los campos de Bhurtpore, hasta que el agua de lluvia sea el único arador que trabaje la tierra... hasta que el ruido de aquélla, al caer sobre las hojas, venga á reemplazar al del huso... hasta que Bagheera y yo podamos echarnos en la casa del brahmán, y el gamo vaya á beber en el estanque que hay detrás del templo... ¡Lanza sobre esa gente á toda la Selva, Hathi!
—Pero yo... pero nosotros no tenemos cuestión alguna pendiente con ellos, y es preciso sentir toda la rabia que un gran dolor da para destrozar los sitios donde los hombres duermen, dijo Hathi dudando.
—¿Sois vosotros, acaso, los únicos que coméis yerba en la Selva? Trae á todas tus gentes. Deja que se encarguen de ello el ciervo, el jabalí y el nilghai. No tenéis vosotros necesidad ni de que os vean un palmo de piel hasta que los campos hayan quedado ya completamente limpios. ¡Lanza á toda la Selva allí, Hathi!
—¿No habrá matanza? Rojos de sangre tenía los colmillos cuando la destrucción de los campos de Bhurtpore, y no quisiera despertar nuevamente el olor que sentí entonces.
—Ni yo tampoco. No desearía ni ver siquiera cómo sus huesos andan esparcidos por la desnuda tierra. Que se vayan y busquen nuevos cubiles: no pueden quedarse aquí. He visto, he sentido el olor de la sangre de la mujer que me alimentó... de la mujer á quien hubieran matado ellos á no haber sido por mí. Sólo el olor de la yerba fresca creciendo sobre los umbrales de sus casas puede borrar de mi memoria el otro. Parece como que me queme la boca. ¡Lanza sobre ellos á toda la Selva, Hathi!
—¡Ah! dijo éste, así me quemaba á mí la piel la herida que me hizo aquella estaca, hasta que vimos como desaparecían las aldeas con el crecimiento de la vegetación en la primavera. Ahora me hago cargo de todo. Tu guerra la considero ya como nuestra. ¡Lanzaremos á toda la Selva sobre ellos!
Apenas tuvo Mowgli tiempo de recobrar el perdido aliento (todo él temblaba de coraje y de odio) cuando ya el sitio donde habían estado los elefantes se hallaba vacío, y Bagheera le contemplaba á él como aterrorizada.