—Que los había ya segado yo, junto con mis tres hijos, contestó Hathi.
—¿Y respecto á la labor de arado que sigue á la siega? dijo Mowgli.
—Que no se dió, dijo Hathi.
—¿Y en cuanto á los hombres que viven cerca de los verdes cultivos que sustenta la tierra? preguntó Mowgli.
—Se marcharon.
—¿Y qué fué de las chozas en que dormían los hombres? dijo Mowgli.
—Sus techos, los hicimos pedazos nosotros, y la Selva se tragó las paredes, contestó Hathi.
—Y ¿qué más? dijo Mowgli.
—Tanto terreno cultivable como puedo yo recorrer en dos noches, yendo de Este á Oeste, y en tres, de Norte á Sur, pasó á ser dominio de la Selva. Sobre cinco aldeas arrojamos nosotros á los que la pueblan; y en ellas, y en sus terrenos, sean de los de pastos ó de los de labor, no hay hoy un solo hombre que se alimente de lo que produce la tierra. Esto fué la destrucción de los campos de Bhurtpore, realizada por mí y por mis tres hijos; y ahora te pregunto yo, Hombrecito, añadió Hathi ¿cómo tuviste tú noticia de todo esto?
—Un hombre fué quien me lo dijo, y ahora observo que hasta él, Buldeo, es capaz de decir la verdad. Bien hiciste las cosas, Hathi, el de la cicatriz blanca; pero la segunda vez se harán aun mejor, porque habrá un hombre que las dirija. ¿Conoces la aldea en que vive la manada humana que me arrojó á mí de aquélla? Todos son allí perezosos, sin sentido común y crueles; se entretienen en jugar con la boca y no matan al débil para comérselo, sino por diversión. Cuando están hartos serían capaces de echar sobre la Flor Roja á sus propios hijos. Yo lo he visto. No está bien que sigan viviendo aquí por más tiempo. ¡Les tengo odio!