—Pero... verdaderamente, Hermanito... no está bien que se le diga á Hathi: «ven», ó «márchate». Acuérdate de que él es el dueño de la Selva, y de que antes que la manada de los hombres cambiara el aspecto de tu rostro, él te enseñó las palabras mágicas de la Selva.
—Lo mismo da. Yo tengo ahora una palabra mágica contra él. Dile que venga á encontrar á Mowgli, la Rana; y, si no te escucha á la primera vez, dile que venga por la destrucción de los campos de Bhurtpore.
—La destrucción de los campos de Bhurtpore, repitió Bagheera dos ó tres veces, para estar segura de recordar las palabras. Voy en seguida, continuó. Lo peor que puede suceder es que Hathi se enfade, y daría yo toda la caza que puedo matar desde una luna á otra para oir una palabra mágica que pudiera obligar al Silencioso á hacer algo.
Marchóse, pues, dejando á Mowgli ocupado en dar furiosas cuchilladas á la tierra con su cuchillo de desollador. No había visto Mowgli en su vida sangre humana hasta que vió, y (lo que para él significaba mucho más) olió la sangre de Messua sobre las ligaduras con que la ataron. Y Messua había sido bondadosa con él, y, en cuanto al muchacho se le alcanzaba del cariño, la quería tan de veras como de verdad odiaba á todo el resto de la humanidad. Pero por profundo que fuera su aborrecimiento á los hombres, á su charla, su crueldad y su cobardía, por nada de cuanto pudiera ofrecerle la Selva se hubiera él decidido á arrebatar una sola vida humana, y á sentir ese terrible olor de sangre, fijo en su olfato nuevamente. Mucho más sencillo era su plan; pero mucho más completo también, y, á solas, se reía él cuando pensaba que, precisamente, uno de los cuentos que refería Buldeo bajo el árbol, al caer de la tarde, era lo que le había suscitado la idea.
—Verdaderamente fué una palabra mágica, murmuró á su oido Bagheera. Estaban comiendo junto al río, y obedecieron como si fueran bueyes. Míralos: ya vienen.
Habían llegado Hathi y sus tres hijos del modo que era en ellos habitual: sin producir el menor ruido. En los costados llevaban aun fresco el barro del río, y Hathi mascaba pensativo el verde tallo de un plátano que acababa de arrancar con los colmillos. Pero no había en todo su enorme cuerpo una sola línea que no le demostrara á Bagheera (capaz de ver las cosas con claridad cuando las tenía delante) que no asistía á una entrevista entre el dueño de la Selva y un humano cachorro, sino entre alguien que se presentaba con miedo y otro que carecía de él en absoluto. Los tres hijos se balanceaban, uno al lado de otro, detrás de su padre.
Mowgli levantó apenas la cabeza cuando Hathi le saludó con el grito de: ¡Buena suerte! Túvole mucho rato, antes de hablar, meciéndose, levantando una pata y después otra; y, al fin, cuando despegó los labios, fué para dirigirse á Bagheera, no á los elefantes.
—Voy á contar un cuento que me refirió á mí el cazador que fuíste tú á cazar hoy, dijo Mowgli. Es relativo á un elefante, viejo y sabio; que cayó en una trampa, y al cual el palo afilado que había en el fondo de ella le produjo una herida desde un poco más arriba de una pata hasta la parte alta del hombro, dejándole una señal blanca.
Tendió aquí Mowgli la mano, y, como Hathi se moviera, la luz de la luna hizo visible una larga cicatriz blanca sobre el costado de color de pizarra, cicatriz semejante á la que podría dejar un látigo metálico calentado al rojo.
—Unos hombres vinieron á sacarle de la trampa, continuó Mowgli; pero él rompió las cuerdas con que lo ataron, porque fuerzas tenía para ello, y se marchó, esperando, luego, á que se le hubiera cerrado la herida. Entonces volvió, furioso, de noche, á los campos de los cazadores aquéllos. Y ahora recuerdo que tenía tres hijos. Todo eso sucedió hace muchas, muchísimas lluvias, y lejos, muy lejos, allá por los campos de Bhurtpore. ¿Qué ocurrió en esos campos al venir la época de la siega, Hathi?