Corrió Mowgli hacia la Selva y dejóse caer como muerto sobre una roca, donde durmió, sin interrupción, todo el día y toda la noche siguiente.

Al despertarse, Bagheera estaba á su lado, y á los pies tenía un gamo que aquélla acababa de matar. Miraba la pantera curiosamente, mientras Mowgli comenzó á manejar el cuchillo, comió, bebió, y volvióse, al fin, de lado, con la barba apoyada en las manos.

—El hombre y la mujer han llegado sanos y salvos á la vista de Khanhiwara, dijo Bagheera. Tu madre mandó el aviso por medio de Chil, el milano. Hallaron un caballo antes de media noche (de la noche en que quedaron libres), y pudieron así alejarse con toda velocidad. ¿No te alegras de eso?

—Bien está, contestó Mowgli.

Y tu manada humana, allá en la aldea, no se ha movido hasta que el sol estaba ya alto, esta mañana. Entonces, tomaron su alimento, y corrieron, de nuevo, hacia sus casas.

—¿Te vieron, por casualidad?

—Es posible. Estaba yo revolcándome á la hora del alba ante la puerta, y podría ser, también, que hubiera cantado un poco por divertirme. Ahora, Hermanito, no queda ya más que hacer. Vente á cazar conmigo y con Baloo. Ha hallado unas colmenas nuevas que quiere enseñar, y todos nosotros deseamos que vuelvas, como antes, á estar en nuestra compañía. ¡No mires así, que hasta á mí me das miedo! Ni el hombre ni la mujer serán puestos ya sobre la Flor Roja, y todo va bien ahora en la Selva. ¿No es cierto? Olvidemos á la manada de los hombres.

—La olvidaremos de aquí á un rato. ¿Dónde comerá esta noche Hathi?

—Donde se le antoje. ¿Quién es capaz de decir lo que hará el Silencioso? Pero ¿por qué lo preguntas? ¿Qué puede hacer aquí Hathi que no podamos nosotros?

—Dile que venga con sus tres hijos á encontrarme.