—Por el cerrojo que me libertó, te aseguro, continuó, que han de decir que ésta es caza mayor. Ven y siéntate á mi lado, Hermanito, que así les gritaremos juntos: «¡Buena suerte!»

—No; otra idea me bulle á mí en la cabeza. No ha de saber la manada de los hombres la parte que tengo yo en ese juego. Caza tú sola. No quiero verlos.

—¡Sea! dijo Bagheera. ¡Ah! Ahora vienen.

La conferencia celebrada á la sombra del árbol, allá al extremo de la aldea, había ido convirtiéndose en ruidosísima. Estalló, al fin, en salvajes alaridos y en una especie de alud de hombres y mujeres que remontaban la calle blandiendo garrotes, bambúes, hoces y cuchillos. Al frente iban Buldeo y el brahmán; pero la turba los seguía pisándoles los talones y gritando:

—¡Á la bruja y al brujo! ¡Vamos á ver si la moneda enrojecida al fuego les hará confesar! ¡Ya les enseñaremos á recoger lobos ó diablos! ¡No, mejor será apalearlos primero! ¡Antorchas! ¡Más antorchas! ¡Calienta el cañón de la escopeta, Buldeo!

Surgió aquí una pequeña dificultad: el pestillo de la puerta estaba cerrado y asegurado fuertemente; pero la multitud lo arrancó por completo, precipitándose la luz de las antorchas en la habitación donde, tendida cuan larga era sobre la cama, cruzadas las patas, y colgando un poco hacia un lado, negra como el abismo y terrible como un diablo, estaba Bagheera. Hubo, entonces, cosa de medio minuto de mortal silencio, mientras los de las primeras filas de la multitud, para abrirse paso, clavaban las uñas en los que tenían detrás, retrocediendo desde el umbral, y en aquel mismo instante levantó Bagheera la cabeza y bostezó... bostezó trabajosa, cuidadosamente, con verdadera ostentación, como tenía por costumbre hacer cuando quería insultar á alguno de sus iguales. Sus labios se encogieron y levantaron; su roja lengua se enroscó; su quijada inferior fué bajándose, bajándose, hasta mostrar la mitad del hirviente gaznate, y los enormes caninos se destacaron en las encías, hasta que los superiores y los inferiores sonaron con metálico ruido al chocar, como las aceradas guardas de una cerradura que vuelven á su sitio en los bordes de un arca. Un momento después la calle estaba vacía; Bagheera había saltado otra vez por la ventana y se hallaba al lado de Mowgli; y, entre tanto, un verdadero torrente de personas huía dando alaridos, gritando desaforadamente, atropellándose unos á otros, con el pánico que les dominaba y la prisa para llegar cada uno á su propia choza.

—No se moverán de allí hasta que se haga de día, dijo suavemente Bagheera. ¿Y ahora, qué más?

Parecía como si el silencio de la siesta se hubiera apoderado de la aldea; pero, escuchando atentamente, oyeron el ruido de pesadas cajas de las que sirven para guardar el grano, y que eran arrastradas sobre suelos de tierra para colocarlas contra las puertas. Tenía razón Bagheera: la gente de la aldea no se movería ya más hasta que se hiciera de día. Mowgli se sentó en silencio y púsose á pensar, mientras su rostro iba adquiriendo á cada momento tinte más sombrío.

—Pero ¿qué he hecho yo? dijo Bagheera, por fin, echándose á sus pies con aire zalamero.

—Nada más que un gran bien. Obsérvalos hasta que apunte el día. Yo me voy á dormir.