—¡Pega, pues! dijo Mowgli en el dialecto de la aldea, no en el lenguaje de la Selva, y las palabras humanas hicieron parar instantáneamente á Bagheera, obligándola á sentarse temblando y con la cabeza al mismo nivel que la de Mowgli. Una vez más miróla éste fijamente (como había mirado antes á los cachorros cuando se le rebelaron), en mitad de los ojos, de un color verde de berilo, hasta que la roja, deslumbradora llamarada que parecía brillar detrás del verde se extinguió, como la luz de un faro que apagan á larga distancia; hasta que los ojos se bajaron, y, con ellos, la enorme cabeza fué inclinándose también... baja... más baja á cada instante, y el encarnado rallo de una lengua vino á frotar el pie de Mowgli por el empeine.
—¡Hermana! ¡Hermana! ¡Hermana! murmuraba el muchacho acariciando con firmeza y suavidad á la vez á la pantera, desde el cuello hasta la espalda, que con la caricia se arqueaba. ¡Estate quieta! ¡Estate quieta! No es culpa tuya, sino de la noche.
—Sí, los olores de la noche, dijo Bagheera con aspecto de arrepentimiento. Este aire parece que me esté hablando á gritos. Pero ¿y tú cómo sabes eso?
Claro está que, alrededor de una aldea india, hállase el aire impregnado de toda clase de olores, y para cualquier animal que tiene el olfato casi como único vehículo del pensamiento, los olores poseen la virtud de enloquecer, casi tanto como la música y ciertas drogas la tienen respecto á los seres humanos. Mowgli acarició á la pantera durante algunos minutos más, y ésta se tendió como un gato ante el fuego, metidas las patas bajo el pecho, y medio cerrados los ojos.
—Tú eres y no eres uno de los de la Selva, dijo, al fin. Y yo no soy más que una pantera negra. Pero te quiero, Hermanito.
—Mucho se prolonga la conversación de ésos, allá á la sombra del árbol, dijo Mowgli sin prestar atención á las últimas palabras de la pantera. Buldeo debe de haberles contado infinidad de cuentos. Pronto vendrán á sacar de la trampa á la mujer y al hombre para ponerlos sobre la Flor Roja; pero se encontrarán con que la trampa se ha abierto. ¡Ja! ¡Ja!
—¡Vaya, escucha! dijo Bagheera. Ya se me ha pasado la fiebre. Permíteme ir á allí para que cuando vayan ellos se encuentren conmigo. Pocos serían los que salieran de sus casas después de verme á mí. No será esta la primera vez que me he visto metida en una jaula, y no creo que á mí me amarren con cuerdas.
—Pues ten juicio, contestó Mowgli riendo, porque empezaba él mismo á sentirse tan atrevido como la pantera, que se había ya deslizado dentro de la choza.
—¡Uf! gruñó Bagheera. Este sitio apesta á Hombre; pero aquí veo una cama parecida precisamente á la que me dieron para que me acostara en las jaulas de Oodeypore. Deja que me eche en ella.
Mowgli oyó crugir las cuerdas de la cama, que formaban el fondo de ésta, con el peso de la enorme fiera, al tenderse encima.