—¡Adelante! gritó alegremente Mowgli. Ya os dije que habría su poquillo de canto. Este grito os irá siguiendo hasta que lleguéis á Khanhiwara. Es una prueba de amistad que os da la Selva.

Hizo Messua que su marido siguiera adelante, y se perdieron en la obscuridad ellos y Mamá Loba, mientras Bagheera se levantaba del suelo, casi á los pies de Mowgli, temblorosa del júbilo que le inspiraba la noche, que posee la virtud de volver feroz al Pueblo de la Selva.

—Estoy avergonzada de ver qué hermanos tienes, dijo con susurro de gata.

—¿Qué? ¿No era dulce la canción que le cantaron á Buldeo? contestó Mowgli.

—¡Demasiado! ¡Demasiado! Hasta á mí me hicieron olvidarme de mi dignidad, y,—¡por el cerrojo que me libertó!—te aseguro que también yo fuí cantando por la Selva, ni más ni menos que si estuviera haciendo el amor en la primavera. ¿No me oiste?

—Otra caza traía yo entre manos. Pregúntale á Buldeo si le gusta la canción. Pero ¿dónde están los Cuatro? No quiero que ni uno de los de la manada humana cruce esta noche las puertas de la aldea.

—¿Para qué se necesitan, pues, los Cuatro? dijo Bagheera preparando las garras, llameándole los ojos y subiendo de tono más que nunca su sordo ronquido. Yo puedo detener á quien sea preciso, Hermanito. ¿Habrá, que matar á alguien, al fin? El cantar y la vista de los hombres encaramándose á los árboles me han puesto en muy buena disposición para ello. ¿Y quién es el Hombre para que le guardemos consideraciones... ese cavador moreno y desnudo... que ni tiene pelo ni dientes... y que se alimenta de tierra? Yo lo he seguido todo el día... por la tarde... á la blanca luz del sol. Yo le he hecho ir delante de mí como los lobos hacen con el gamo. ¡Yo soy Bagheera! ¡Bagheera! ¡Bagheera! ¡Como bailo con mi sombra así bailaba con aquellos hombres! ¡Mira!

La enorme pantera saltó como salta un gatito para cojer la hoja seca que da vueltas por encima de su cabeza; dió zarpazos en el aire á derecha é izquierda, haciendo silbar aquel con los golpes; se dejó caer de nuevo, sin el menor ruido, y volvió á saltar una y otra vez, mientras la especie de ronquido ó de gruñido que producía iba creciendo, como el vapor que ruge sordamente dentro de una caldera.

—Soy Bagheera... en medio de la Selva... en plena noche, y estoy en posesión de todas mis fuerzas. ¿Quién me resiste al atacar? Hombrecito, de un zarpazo podría echarte al suelo la cabeza, tan aplastada como si fuera una rana muerta en mitad del verano.