Él no me cree; pero tú, al menos, ¿me querrás creer?

—¡Ay, hijo mío! Con toda el alma. Seas hombre, duende ó lobo de la Selva, yo te creo.

Él tendrá miedo cuando oiga cantar á mi gente. Tú, enterada ya, lo comprenderás. Andad ahora, y despacio, porque ninguna necesidad hay de apresurarse. Las puertas de la aldea están cerradas.

Arrojóse Messua sollozando á los pies de Mowgli; pero él la levantó en seguida, sintiendo como un escalofrío. Echóle ella, entonces, los brazos al cuello, y colmóle de bendiciones en cuantas formas se le ocurrieron; pero, entre tanto, su marido miró con envidiosos ojos hacia sus propios campos y dijo:

—Como logremos llegar á Khanhiwara y me haga yo oir de los ingleses, les pongo un pleito al brahmán, al viejo Buldeo y á los demás, que se va á comer vivos á todos los de la aldea. ¡Ya les haré yo pagar doble de lo que valen mis cosechas abandonadas y mis búfalos sin cuidar! Haré en ellos un escarmiento: justicia seca.

Mowgli echóse á reir.

—No sé, dijo, lo que justicia sea; pero... volved aquí para las próximas lluvias y veréis lo que habrá quedado.

Alejáronse en dirección de la Selva, y Mamá Loba saltó entonces del sitio en que estaba escondida.

—¡Síguelos! ordenóle Mowgli, y cuida de que sepa toda la Selva que éstos dos han de pasar sanos y salvos. Haz que corra la voz. Yo llamaría á Bagheera.

El largo, grave aullido alzóse y se extinguió luego, y Mowgli vió como el esposo de Messua vacilaba y se volvía en redondo, casi decidido á echar á correr, retrocediendo á la choza.