Miróle el hombre fijamente y con aire de malhumor.

—Ese es un tonto, y no un diablo, murmuró. Con el dinero podré comprar un caballo. Tenemos el cuerpo demasiado adolorido para caminar muy lejos, y dentro de una hora toda la aldea se nos vendrá detrás, persiguiéndonos.

—Pues yo digo que no os seguirán hasta que á mí se me antoje; pero no está mal el pensar en procurarse un caballo, porque Messua está fatigada.

Levantóse el marido, y ató la última de sus rupias entre la ropa que llevaba ceñida á la cintura. Ayudó Mowgli á Messua para que pasara por la ventana, y el fresco aire de la noche pareció animarla; pero, á la luz de las estrellas, la Selva quedaba muy obscura, y ofrecía temeroso aspecto.

—¿Sabéis la pista que conduce á Khanhiwara? susurró Mowgli.

Contestaron ellos con un movimiento de cabeza.

—Bueno. Tened presente que no habéis de tener miedo. Y ninguna necesidad hay de apresurarse. Sólo que... sólo que podría ser que, delante y detrás de vosotros, hubiera su poquito de canturreo en la Selva.

—¿Crees tú que nos hubiéramos arriesgado á pasar una noche en ella por nada de este mundo, si no fuera el temor de ser quemados? Al fin y al cabo, más vale que le maten á uno las fieras que los hombres, dijo el marido de Messua; pero ésta miró á Mowgli y sonrió.

—Digo (continuó Mowgli lo mismo que si él fuera Baloo y estuviera repitiendo alguna antigua ley de la Selva, por centésima vez, á un cachorro algo obtuso), digo que ni un sólo diente de cuantos hay en la Selva se clavará en vuestra piel; ni una sola garra se levantará contra vosotros. No os cerrarán el paso hombres ni fieras antes de llegar á la vista de Khanhiwara. Ya tendréis quien os vigile.

Volvióse Mowgli prontamente hacia Messua y añadió: