—Es posible, contestó Mowgli descompuesto el rostro, que tomó desagradable aspecto; pero lo que es esta noche disto mucho de seguir esa pista. Espérame aquí, y procura que no te vea ella.

—Tú sí que nunca me tuviste miedo, renacuajo mío, añadió Mamá Loba, retrocediendo hasta donde crecía la yerba, alta y espesa, y hundiéndose allí, para ocultarse como tan bien sabía hacer.

—Y ahora, dijo alegremente Mowgli al saltar, de nuevo, dentro de la choza, allí están todos, sentados alrededor de Buldeo, que les cuenta lo que no ocurrió. Para cuando haya acabado, dicen que seguramente vendrán aquí con la Flor... con fuego, quiero decir, y os quemarán á los dos. ¿Y entonces?

—Ya le he hablado á mi hombre, dijo Messua. Khanhiwara está á siete leguas de aquí... pero allí podríamos encontrarnos con los ingleses...

—Y ¿de qué manada son éstos? dijo Mowgli.

—No sé. Son blancos, y dícese que gobiernan toda esta tierra, y no permiten que las gentes se quemen, ó se peguen unos á otros, sin tener testigos. Si podemos llegar allí esta noche, viviremos; pero, de lo contrario, podemos darnos por muertos.

—Vivid, pues. Nadie pasará esta noche por las puertas de la aldea. Pero... ¿qué es lo que está haciendo él, tu hombre?

El marido de Messua, á gatas, cavaba la tierra en un rincón de la choza.

—Son sus ahorrillos, dijo Messua. Es lo único que podemos llevarnos.

—¡Ah!... ¡Ya!... Eso que pasa de mano en mano, y siempre está frío. ¿Es que también fuera de este lugar lo necesitan? dijo Mowgli.