Nada podía verse en toda la ancha extensión ocupada por el cauce, exceptuando una flotilla de gabarras, de velas cuadradas y clavijas de madera, cargada de piedras para edificaciones, y que acababa de llegar bajo el puente del ferrocarril, siguiendo corriente abajo. Hicieron jugar los toscos timones para evitar el banco de arena que había formado el agua al rozar contra los estribos del puente, y mientras pasaban, á tres de fondo, la horrible voz comenzó de nuevo á decir:
—¡Brahmanes del río, respetad á los ancianos y achacosos!
Volvióse uno de los barqueros, que iba sentado en la regala de uno de los barcos, levantó la mano, dijo algo, que no era precisamente una bendición, y los botes siguieron adelante, crujiendo de cuando en cuando, iluminados por la luna. El ancho río indio, que tenía más bien el aspecto de una cadena formada por lagos pequeños que el de una verdadera corriente continua, era terso como un cristal, reflejando en el centro el cielo de color de arena roja, pero mostrándose salpicado de manchas amarillentas y de un color de púrpura obscuro cerca de sus bajas orillas, y aun tocando con ellas. En la estación lluviosa formábanse calas en el río; pero ahora sus secas bocas quedaban muy por encima de la superficie del agua. Sobre la orilla izquierda, casi bajo el puente del ferrocarril, veíase una aldea edificada con fango y ladrillos, con bálago y palos, cuya principal calle, llena de ganado que volvía á sus establos, iba en línea recta hasta el río, y terminaba en una especie de tosco desembarcadero de ladrillo, en el que la gente que necesitaba lavar podía meterse en el agua paso á paso. Este sitio se llamaba el Ghaut de la aldea de Mugger-Ghaut[20].
Caía la noche á más andar sobre los campos de lentejas, arroz y algodón, en las tierras bajas, anualmente inundadas por el río; sobre los cañaverales que bordeaban el vértice del recodo que aquél formaba, y sobre la enmarañada maleza que crecía en las tierras de pastos, detrás de las adormecidas cañas. Los papagayos y los cuervos, que estuvieron charlando y dando gritos al ir á beber por la tarde, como de costumbre, habían volado ya tierra adentro para ir á dormir, cruzándose con los batallones de murciélagos que entonces salían; y nubes de aves acuáticas venían silbando á buscar el abrigo de los cañaverales. Había gansos de cabeza casi cilíndrica y de negra espalda, cercetas, patos silbadores, lavancos, tadornas, chorlitos, y, de cuando en cuando, un flamenco.
Cerraba pesadamente la marcha una grulla de las llamadas ayudantes, que volaba como si cada uno de sus aletazos fuera el último que iba á dar en su vida.
—¡Respetad á los ancianos!... ¡Brahmanes del río... respetad á los ancianos!
La grulla volvió á medias la cabeza, desvióse un poco en dirección de la voz y fué á pararse muy tiesa en el banco de arena que había debajo del puente. Entonces pudo verse bien su aire brutal y rufianesco. Por detrás parecía de gran respetabilidad, porque medía casi dos metros de alto, y su aspecto ofrecía bastante semejanza con el de un correctísimo pastor protestante de gran calva. Por delante era distinto, porque su cabeza á lo Ally Sloper[21] y su cuello no tenían ni una sola pluma, y en aquél llevaba una horrible bolsa de desnuda piel... á donde iba á parar cuanto su largo y afilado pico robaba. Eran sus patas largas, flacas y descarnadas; pero las movía con gran suavidad y las contemplaba con orgullo al alisarse las plumas de la cola, mirando de soslayo por encima del hombro y cuadrándose luego, como si obedeciera al grito de: «¡firmes!»
Un chacal pequeño y sarnoso que había estado ladrando como perrito hambriento allá en una hondonada, levantó las orejas y la cola y corrió al encuentro de la grulla.
Era el ser más bajo de toda su casta (y no quiere decir esto que en los mejores chacales haya mucho bueno, sino que éste era una especialidad en lo de la bajeza, por ser mitad mendigo y mitad criminal), dedicado á limpiar los montones de basura de la aldea, exageradamente tímido ó temerariamente fiero, con hambre perpetua, y lleno de astucia, que jamás le sirvió para maldita la cosa.
—¡Uf! dijo, sacudiéndose con aire lastimoso, al pararse. ¡Así la sarna se coma á los perros de la aldea! Tres mordidas me han dado por cada pulga que llevo encima, y todo porque miré (nada más que mirar, fijaos bien) un zapato viejo que había en un corral de vacas. Pues ¿qué he de comer? ¿Barro? Al decir esto se rascó debajo de la oreja izquierda.