—Oí yo, contestó la grulla con voz que parecía el ruido de una sierra embotada pasando á través de una gruesa tabla, oí yo decir que había un perrillo recién nacido dentro de ese zapato.

—Del dicho al hecho hay gran trecho, repuso el chacal que conocía bastantes refranes, aprendidos escuchando las conversaciones que tenían los hombres alrededor de las fogatas, al caer de la tarde.

—Cierto que sí. Y por esto, para estar yo segura de la verdad, me quedé cuidando á ese cachorro mientras los perros estaban ocupados en otro sitio.

—Estaban muy ocupados, dijo el chacal. Bueno: no he de ir á caza de lo que sobre en la aldea por algún tiempo. ¿De modo que de veras había un perrillo ciego dentro de aquel zapato?

—Aquí está, contestó la grulla mirando por encima del pico á su bolsa que estaba llena. Poca cosa es, pero muy aceptable en estos tiempos en que la caridad ha muerto en este mundo.

—¡Ay! El mundo es duro como el hierro, en nuestros tiempos, exclamó el chacal gimiendo. En aquel instante sus inquietos ojos notaron una levísima ondulación en el agua, y se apresuró á decir, continuando:

—La vida es muy dura para todos nosotros, y no dudo de que hasta nuestro excelente amo, orgullo del Ghaut y envidia del río...

—Un embustero, un adulador y un chacal son tres cosas que salieron á la vez de un mismo huevo, dijo la grulla sin dirigirse á nadie de un modo determinado, porque también era ella una grandísima embustera, cuando quería tomarse esa molestia.

—Sí, la envidia del río..., repitió el chacal elevando la voz. Hasta él mismo opina, sin duda, que desde que se construyó el puente es más escasa la buena comida. Pero, por otra parte, aunque no quisiera yo decirle esto en su propia y nobilísima cara, es él tan sabio y virtuoso... como poco... ¡ay! tengo yo de ambas cosas...

—Cuando el chacal confiesa que es gris muy negro debe de ser, murmuró la grulla, á la cual no se le alcanzaba, entonces, lo que iba á suceder.