—Que no le falte nunca la comida á él, y, como consecuencia...

Oyóse un ruido sordo de algo que rozaba, como si un bote acabara de tocar en sitio donde el agua fuera poco profunda. Volvióse en redondo el chacal y se encaró (al fin más vale siempre hacerlo así), con el animal de quien había estado hablando en aquellos momentos. Era un cocodrilo de más de siete metros de largo, encerrado en lo que bien podía compararse á una plancha de caldera de triples remaches, claveteada, carenada y adornada luego con una especie de cresta; con unos dientes amarillos cuyas puntas colgaban desde la mandíbula superior, pasando sobre la inferior, hermosamente terminada en una especie de pico de flauta. Era el achatado Mugger, ó bocón, de la aldea de Mugger-Ghaut, más viejo que ninguno de los aldeanos, que había dado su nombre al lugar, y algo como el diablo de aquel río, en su parte vadeable, antes de que se construyera el puente del ferrocarril: un asesino, un devorador de carne humana, y un fetiche local, todo en una pieza. Quedóse tendido, con la barba en la orilla del agua, conservándose en esta posición gracias á una casi invisible ondulación de la cola, y bien sabía el chacal que bastaría un solo golpe de esta última, dado en el agua, para que el Mugger se elevara por la orilla con la velocidad de una máquina de vapor.

—¡Feliz encuentro, protector de los pobres!, dijo con servil adulación, retrocediendo un poco á cada palabra. Oimos una voz deliciosa y nos acercamos con la esperanza de un poco de conversación agradable. Mi presunción desmesurada me indujo, mientras esperábamos, á hablar de vos. Espero que nada se habrá oído por casualidad.

Ahora bien, el chacal había hablado precisamente para que le oyeran, porque sabía que la adulación era el mejor medio de procurarse algo para comer; y el Mugger sabía que únicamente con tal fin había hablado el chacal; y el chacal no ignoraba que el Mugger lo supiera; y éste sabía que el chacal estaba seguro de que lo sabía él; pero, á pesar de ello, quedábanse todos tan contentos.

El viejísimo animal adelantóse, jadeando y gruñendo, sobre la orilla, mientras farfullaba sus acostumbradas palabras:

—¡Respetad á los viejos y achacosos!

Durante todo este tiempo sus ojillos brillaban como brasas bajo los pesados, córneos párpados, encima mismo de su triangular cabeza, al paso que iba arrastrando el cuerpo, hinchado como un barril, entre sus patas ganchosas. Al fin, se paró, y acostumbrado y todo, como estaba el chacal, á sus maneras, no pudo evitar un estremecimiento, que experimentaba ya por centésima vez, cuando vió cuan exactamente se parecía el Mugger á un leño arrojado junto á la orilla del río. Hasta había tenido el cuidado de tenderse formando, precisamente, con el agua el mismo ángulo que, al encallar naturalmente, formaría un madero, teniendo en cuenta cómo era la corriente en aquella época y lugar. Todo esto no era, por supuesto, más que cuestión de hábito, porque el Mugger había venido á tierra únicamente por gusto; pero nunca un cocodrilo está bastante harto, y si el chacal hubiera llegado á equivocarse, tomándolo por lo que parecía y no por lo que era, no habría quedado con vida para seguir filosofando sobre este asunto.

—Hijo mío, no he oído nada, dijo el Mugger cerrando un ojo. Nada podía oir, porque el agua me lo impedía, y, por otra parte, el hambre me tenía desfallecido. Desde que se construyó el puente del ferrocarril la gente de mi aldea ha dejado ya de quererme, y esto me tiene con el corazón traspasado de dolor.

—¡Qué vergüenza! dijo el chacal. ¡Un corazón tan noble como el vuestro! Pero los hombres son todos parecidos, por lo que á mí se me alcanza.

—Nada de eso. Hay entre ellos muy grandes diferencias, por cierto, contestó el Mugger con dulzura. Unos son flacos como bicheros de bote; otros, gordos como cachorros de chac... digo, de perro. Jamás quisiera yo hablar mal de los hombres sin motivo para ello. Los hay de muy diversas clases; pero los años me han demostrado que, en general, son muy buenos. Ni en los hombres, ni en las mujeres, ni en los niños, hallo yo nada que reprochar. Y acuérdate, hijo mío, de que aquel que desprecia al mundo será despreciado por él.