—La adulación es peor que una lata vacía en el estómago; pero la verdad es que lo que acabo de oir no es más que sabiduría pura, dijo la grulla, bajando una de sus patas.

—Considerad, sin embargo, lo ingratos que son con quien es tan bondadoso, comenzó á decir el chacal muy tiernamente.

—¡No, no, no son ingratos! contestó el Mugger. Es que no piensan en los demás: no otra cosa. Pero yo he notado, estando fijo en mi puesto allá por debajo del vado, que las escaleras del puente nuevo son tan difíciles de subir que es una crueldad el obligar á pasar por ellas á los ancianos y á los niños. Los primeros no son, en realidad, tan dignos de consideración; pero los que á mí me apenan (me apenan verdaderamente), son los niños que están gordos. Sin embargo, paréceme que, á no tardar, cuando haya pasado ya la novedad ésa del puente, veremos á mis gentes chapoteando por el agua del vado como antes, valerosamente, desnuda la morena pierna. Entonces el viejo Mugger se verá honrado otra vez.

—Pero yo estoy seguro de haber visto guirnaldas de caléndulas flotando en el borde del Ghaut esta misma tarde, dijo la grulla.

Las guirnaldas de caléndulas son una muestra de veneración en toda la India.

—Error... error. Era la mujer del vendedor de confituras. Va perdiendo la vista cada año más, y no es capaz ya de distinguir entre un madero y yo... el Mugger del Ghaut. Ya ví la equivocación cuando arrojó la guirnalda, porque estaba echado al pie mismo del Ghaut, y, si llega á dar un paso más, le hubiera demostrado que había un poco de diferencia entre lo que á ella le parecía igual. Mas, en fin, la intención era buena y hay que considerar el espíritu de la ofrenda y no otra cosa.

—¿De qué sirven las guirnaldas de caléndulas cuando está uno ya en el estercolero? dijo el chacal dedicándose á cogerse las pulgas; pero no quitando ojo, con cierto aburrimiento, de su Protector de los pobres.

—Cierto, pero no han empezado aún á hacer el estercolero al cual he de ir á parar yo. Cinco veces he visto el río retroceder desde la aldea y dejar al descubierto nueva tierra, al pie de la calle. Cinco veces he visto reedificar la aldea sobre las orillas, y la veré reedificar aun cinco veces más. No soy yo un inconstante gavial[22], que se dedica á coger peces, hoy en Kasi y mañana en Prayag, como dice el proverbio, sino el verdadero y continuo vigilante del vado. Por algo, muchacho, por algo lleva mi nombre la aldea, y «quien mucho vigila», como suele decirse, «obtendrá, al fin, su galardón».

—Mucho he vigilado yo... mucho... casi toda mi vida, y el premio que he recibido son mordiscos y cardenales, dijo el chacal.

—¡Ja, ja, ja! contestó soltando la carcajada la grulla.