Nació el chacal en Agosto
y en Septiembre son las lluvias...
¡y él dice que no recuerda
ver llover como hoy diluvia!

Tiene la grulla ayudante una particularidad muy desagradable. En épocas que se reproducen con irregularidad sufre de agudos ataques de hormigueos ó calambres en las piernas, y aunque tenga la virtud de la resistencia en mayor grado que cualquiera de las otras clases de grullas, que, sin embargo, muestran siempre un aire de inmensa impasibilidad, se echa á revolotear en salvajes danzas guerreras bailadas en su especie de zancos torcidos, abriendo á medias las alas y moviendo de arriba abajo su cabeza calva; y mientras esto hace, por motivos que ella sabrá, sin duda, cuida grandemente de que sus más fuertes ataques vayan acompañados de sus más acerbas críticas. Al terminar la última palabra de su cantar cuadróse de nuevo muy tiesa, diez veces más digna que nunca del nombre de ayudante, que llevaba.

El chacal retrocedió acobardado, aunque había visto ya sucederse en su vida tres estaciones del año; pero no puede uno darse fácilmente por ofendido y contestar á un insulto cuando proviene éste de quien posee un pico de un metro de largo y el poder de clavarlo como una jabalina. La grulla se distinguía por lo cobarde; pero el chacal era aun peor que ella.

—Hay que vivir para aprender, dijo el Mugger, y bien puede afirmarse lo siguiente: los chacales pequeños abundan mucho; pero un bocón como yo es raro. Á pesar de ello no soy yo orgulloso, porque el orgullo conduce á la propia perdición; mas, fíjate bien, eso es cosa del Hado, y contra el Hado ni uno solo de los que nadan, caminan ó corren debiera decir palabra. Yo estoy contento del Hado. Con buena suerte, buen ojo y la costumbre de asegurarse de que está libre la salida antes de que te metas en alguna cala ó remanso, mucho puede hacerse.

—Oí decir una vez que hasta el Protector de los pobres se equivocó, dijo el chacal, maliciosamente.

—Cierto, pero hasta entonces vino el Hado en mi ayuda. Era antes de que hubiera adquirido todo mi desarrollo... tres hambres antes de la última que ha habido. (¡Por la margen derecha é izquierda del Ganges que la corriente de los ríos era enorme en aquellos tiempos!) Pues sí, era yo joven y atolondrado, y al venir la inundación que hubo ¿quién más contento que yo? Con poca cosa me bastaba entonces para considerarme muy dichoso. La aldea estaba completamente inundada, y yo nadé por encima del Ghaut yéndome tierra adentro, hasta llegar á los campos de arroz, que encontré llenos de barro. Acuérdome también de un par de brazaletes (por cierto que eran de cristal y no les hice el menor caso) que encontré aquella tarde. Sí, brazaletes de cristal, y, si la memoria no me es infiel, también hallé un zapato. Debiera haber sacudido aquel zapato... y el otro, pues había dos; pero estaba yo hambriento. Más tarde aprendí á proceder mejor. ¡Ah, sí! Comí, pues, y descansé; mas, cuando me disponía á volver al río, la inundación había bajado ya mucho de nivel, y yo pasé caminando por el barro de la calle principal. ¿Quién sino yo hubiera hecho esto? Acudió toda mi gente, sacerdotes, mujeres y niños, y yo los miré con benevolencia. El fango no se presta para que uno pueda combatir bien. Uno de los barqueros dijo:

—Id á buscar hachas y matadlo, que es el Mugger del vado.

—Nada de eso. ¡Mirad! Se lleva por delante la inundación. Es el dios que protege á la aldea.

Entonces me arrojaron gran cantidad de flores, y alguien tuvo la feliz ocurrencia de ponerme una cabra en mitad del camino.

—¡Qué buena!... ¡Pero qué buena es la cabra! exclamó el chacal.