—Tiene muchos pelos... muchos pelos... y cuando se la encuentra uno en el agua es más que probable que dentro de ella haya escondido algún anzuelo en forma de cruz. Pero lo que es aquella cabra la acepté, y me fuí, triunfalmente, hasta el Ghaut. Más tarde, el Hado hizo que cayera en mi poder aquel barquero que había querido cortarme la cola con un hacha. Su bote embarrancó en un banco de que vosotros no os acordaríais ahora, aunque os dijera dónde está.
—No todos somos aquí chacales, dijo la grulla. ¿Era el banco que se formó donde se fueron á pique los barcos que acarreaban piedras, el año de la gran sequía... un banco de arena muy largo que duró por espacio de tres inundaciones?
—Había dos, dijo el Mugger: uno más arriba y otro más abajo.
—¡Ah, sí! Se me había olvidado. Un canal los separaba, y más tarde se secó también, dijo la grulla, que se sentía orgullosa de su buena memoria.
—En el banco de abajo fué á embarrancar la barca del hombre que tan buenas intenciones tenía respecto á mí. Estaba durmiendo en la proa, y, medio despierto, saltó al agua, que le llegaba hasta la cintura (ó no, no más que hasta las rodillas) para empujar la embarcación. Ésta, vacía, siguió adelante, yendo á tocar de nuevo en la tierra del próximo recodo que la corriente formaba entonces. Yo fuí siguiendo también, porque sabía que no faltarían hombres que salieran para arrastrar el barco hasta la playa.
—¿Y sucedió así? preguntó el chacal un poco despavorido.
Era éste un modo de cazar tan en grande que le causaba profunda impresión.
—Acudieron los hombres allí y más abajo también. No fuí ya más lejos; pero esto me permitió apoderarme de tres en un día... tres manjis (barqueros) bien gordos, y, excepto el último (con el cual tuve ya menos cuidado que con los otros), ni uno pudo gritar para advertir á los que se hallaban en la orilla del río.
—¡Ah! ¡Qué modo de cazar! ¡Con qué nobleza! ¡Pero cuánta habilidad y qué superior juicio reclama! dijo el chacal.
—No, habilidad no, muchacho, sino solamente pensar un poco. El pensar es á la vida lo que la sal al arroz, como dicen los barqueros, y yo he pensado siempre profundamente. El gavial, mi primo, el que se alimenta de peces, me tiene dicho cuán difícil es para él el seguirlos, y cuánto difieren unos de otros, y cómo él necesita conocerlos á todos en conjunto y á cada uno por separado. Á esto le llamo yo sabiduría; pero, por otra parte, hay que tener en cuenta que mi primo, el gavial, vive entre su gente. Mi gente no nada por bandadas, con la boca fuera del agua, como hace Rewa; ni sale constantemente á la superficie del agua, ni se vuelve de lado, como suelen Mohoo y el diminuto Chapta; ni se junta en los bancos de arena después de una inundación, como Batchua y Chilva.