—Todos son manjares exquisitos, dijo la grulla, acompañando las palabras con un chasquido del pico.

—Eso dice mi primo, y convierte en ocupación muy seria el cazarlos; pero ellos no se le encaraman por los bancos de arena para escaparse de sus dientes. Mi gente es muy distinta. Vive en la tierra, en casas, entre sus ganados. Yo necesito saber lo que hacen y hasta lo que piensan hacer; y así poniendo primero la trompa del elefante, y luego la cola, como suele decirse, reconstruyo el elefante entero. ¿Qué cuelga de una puerta una rama verde con un anillo de hierro? Pues el viejo Mugger sabe que ha nacido un niño en aquella casa y que algún día vendrá al Ghaut á jugar. ¿Va á casarse una doncella? Pues el viejo Mugger lo sabe, porque ve cómo los hombres van y vienen con regalos; y, al fin, ella, también, acude al Ghaut para bañarse antes de la boda, y... allí está él. ¿Qué ha cambiado el río su curso y ha dejado nuevas tierras donde antes no había más que arena? El Mugger lo sabe igualmente.

—Bien, ¿y de qué sirve el saber esto? dijo el chacal. El río ha cambiado de sitio hasta durante mi corta vida.

Los ríos en la India están casi siempre mudando su curso, y se desvían á veces hasta media legua ó más en una sola estación, inundando los campos de una de las orillas y esparciendo fertilizante cieno sobre la opuesta.

—No hay conocimiento más útil que éste, dijo el Mugger, porque á tierra nueva, nuevas pendencias. El Mugger lo sabe... ¡oh, lo sabe perfectamente! En cuanto el agua se ha retirado, arrástrase él por las estrechas grietas que los hombres creen que no son bastante anchas para que en ellas pueda esconderse ni un perro, y allí espera. Á poco aparece un labriego diciendo que plantará aquí cohombros, y allí melones, en la tierra nueva que el río le ha dado. Con los pies desnudos tantea aquel cieno excelente. Á los pocos instantes llega otro, diciendo que él cultivará allí cebollas, zanahorias y caña de azúcar, en tal y tal sitio. Se acercan como dos botes que tuercen el rumbo hacia igual punto, y, al acercarse, cada uno de ellos mira al otro con ojos que parecen rodar bajo el enorme turbante azul. El viejo Mugger ve y oye. Danse mútuamente el nombre de hermano, y van á amojonar la nueva tierra. El Mugger corre, detrás de ellos, de un lado á otro, deslizándose, muy aplastado contra el suelo, por entre el barro. ¡Ahora empiezan á disputarse! ¡Ya se insultan! ¡Ahora se arrancan los turbantes! ¡Ya levantan sus lathis (garrotes), y, por fin, cae uno de espaldas en el fango y el otro se va corriendo. Cuando vuelve, la cuestión queda definitivamente zanjada, y de ello puede dar fe el bambú herrado del vencido. Y aun no le agradecen nada al Mugger. No; gritan: ¡un asesinato! y las familias se pelean á garrotazos, veinte de este bando y veinte del otro. Mi gente son muy buena gente... jats de las montañas... malwais del Bêt. Cuando pegan, no pegan por juego, y una vez ha terminado la lucha, el viejo Mugger espera allá lejos en el río, donde no se le puede ver desde la aldea, detrás de las matas de kikar que hay por allá. Entonces, bajan mis jats de anchos hombros, ocho ó nueve juntos, á la luz de las estrellas, conduciendo al muerto, colocado sobre una cama. Son viejos de barba gris y de voz tan profunda como la mía. Encienden un fuego (¡ah! ¡cómo conozco yo ese fuego!), tragan tabaco, formando un círculo mueven la cabeza todos á la vez hacia delante, ó hacia un lado, en dirección del muerto que está sobre la orilla. Dicen que las leyes inglesas arreglarán aquello por medio de la horca, y que la familia del matador tendrá que pasar por la vergüenza de ver cómo lo cuelgan en el gran patio de la cárcel. Entonces, contestan los amigos del muerto: «pues que lo ahorquen», y la conversación vuelve á empezar de nuevo... una, dos, veinte veces durante la interminable noche. Al fin, dice uno:

—La lucha fué cara á cara, con nobleza. Tomemos el dinero que nos ofrecen y un poco más, y no digamos palabra de lo sucedido.

Y empiezan á regatear sobre el dinero, porque el muerto era hombre robusto y ha dejado muchos hijos. Pero todavía antes del amratvela (la salida del sol), lo queman un poco con el fuego preparado al efecto, según la costumbre, y el muerto viene á parar á mí, y lo que es él no dirá ya nada sobre el asunto. ¡Ah! hijos míos, el Mugger sabe... sabe muchas cosas... y los Malwah Jats son muy buena gente.

—Tienen el puño demasiado cerrado... son harto mezquinos para llenarme el buche, dijo graznando la grulla. Ellos sí que no gastan inútilmente el lustre poniéndolo en los cuernos de la vaca, como suele decirse; y, á ver, quisiera yo que me dijeran ¿quién es el que puede espigar después que ha pasado un Malwah?

—¡Ah, yo!... yo espigueo... los espigueo á ellos, dijo el Mugger.