—Pues bien: en Calcuta del Sur, antes, siguió diciendo la grulla, todo lo tiraban á la calle, y nosotros podíamos escoger y revolverlo todo. ¡Esos sí que eran buenos tiempos! Pero hoy... hoy las calles están mondas como la cáscara de un huevo, y mi gente vuela hacia otro sitio. Una cosa es ser limpio, y otra quitar el polvo, barrer y regar siete veces cada día: eso aburre hasta á los mismos dioses.

—Contóme un día un chacal de las tierras bajas que en Calcuta del Sur todos los nuestros estaban gordos como nutrias en la estación de las lluvias, dijo el chacal, haciéndosele la boca agua sólo con pensarlo.

—¡Ah! Pero allí están los de la cara blanca... los ingleses, y ellos llevan consigo unos perros gordos, que conducen de no sé donde, allá, río abajo, en unos barcos, y que cuidan de que esos mismos chacales de que hablas estén flacos, replicó la grulla.

—¿Tienen, pues, tan duro el corazón como esa gente? Debía haberlo supuesto. Ni la tierra, ni el cielo, ni el agua se muestran caritativos con el chacal. Yo ví las tiendas de uno de los de la cara blanca, en la última estación, después de las lluvias, y además le cogí unas riendas nuevas, amarillas, para comérmelas. Los blancos no saben preparar bien las pieles. Aquellas riendas me pusieron muy enfermo.

—Peor es lo que me sucedió á mí, dijo la grulla. Cuando no contaba yo más que tres estaciones y era tan joven como atrevida, fuíme al sitio del río en que atracan los barcos grandes. Los barcos de los ingleses tienen triple tamaño que esta aldea.

—Ésta, por lo visto, ha estado en Delhi y quiere hacernos creer que allí la gente anda cabeza abajo, murmuró el chacal.

El Mugger abrió el ojo izquierdo y miró fijamente á la grulla.

—Pues es verdad, dijo la enorme ave insistiendo. Un embustero no miente más que cuando tiene la esperanza de que le van á creer. Pues bien: nadie que no hubiera visto aquellos barcos podría dar fe á esta verdad que digo.

—Esto es ya algo más puesto en razón, contestó el Mugger. ¿Y qué más?

—De las profundidades de uno de aquellos barcos estaban sacando grandes pedazos de una materia blanca que, al cabo de muy poco rato, se deshacía, convirtiéndose en agua. Buena parte de los pedazos se desmenuzó, cayendo sobre la orilla, y el resto lo colocaron prontamente en una casa de gruesas paredes. Pero un barquero cogió, riéndose, uno de aquellos trozos, que no era mayor que un perrillo, y me lo tiró. Yo (como todos los míos) trago sin reflexionar, y también me tragué aquello, según nuestra costumbre. Inmediatamente sentí un gran frío que, empezando en el buche, me corría hasta la punta de los dedos, y aun de hablar me privaba, mientras los barqueros se estaban burlando de mí. En mi vida he sentido frío igual. Con el dolor y el aturdimiento que experimentaba púseme á bailar hasta que pude recobrar el perdido aliento, y entonces volví á bailar, protestando á gritos contra la falsedad de este mundo, mientras los barqueros seguían riéndose de mí, hasta caerse por el suelo. ¡Lo más estupendo de todo, dejando aparte aquel frío maravilloso, es que nada, absolutamente, había en mi buche cuando hube terminado mis lamentaciones!