La grulla había hecho todo lo posible para describir lo que sintió después de tragarse un pedazo de hielo de siete libras, que provenía del lago de Wenham, traído de allí por un barco americano de los dedicados á aquel transporte, en los tiempos en que Calcuta no fabricaba aun con máquina el hielo; pero, como la grulla no sabía lo que esta materia era, y como aun lo sabían menos el Mugger y el chacal, el cuento no les produjo el debido efecto.

—Cualquier cosa, dijo el Mugger cerrando nuevamente el ojo izquierdo... cualquier cosa es posible cuando la origina un barco que tiene tres veces el tamaño de Mugger-Ghaut. Mi aldea no peca de pequeña.

Oyóse un silbido por encima del puente, y el tren correo de Delhi pasó por él, llenos de luz todos los coches y siguiéndolos fielmente las sombras á lo largo del río. Hundióse de nuevo, con estruendo, en la obscuridad; pero el Mugger y el chacal estaban tan acostumbrados á oirlo que ni siquiera movieron la cabeza.

—¿Acaso es eso menos maravilloso que un barco de triple tamaño que Mugger-Ghaut? dijo el ave mirando hacia arriba.

—Yo ví edificar eso, joven. Piedra por piedra ví cómo se elevaban los estribos del puente, y cuando los hombres se caían desde ellos (generalmente tenían maravillosa destreza para no poner el pie en falso... pero, en fin, cuando se caían) allí estaba yo alerta. Desde que el primer estribo estuvo hecho no se acordaron ya más de ir corriente abajo, en busca de los cadáveres, para quemarlos. Con esto me evitaron no pocas molestias. Por lo demás, nada hubo de extraño en la construcción del puente, añadió el Mugger.

—Pero ¿y eso que pasa por encima de él arrastrando los carros cubiertos con techos? ¡Eso sí que es extraño! repitió la grulla.

—Es, sin ningún género de duda, un buey de una nueva especie. Algún día sucederá que no podrá sentar bien el pie, y, perdiendo el equilibrio, se caerá del mismo modo que hicieron los hombres. El viejo Mugger estará entonces, también, alerta.

El chacal miró á la grulla, y ésta al chacal. Si de algo estaban seguros en este mundo era de que la máquina podía ser cualquier cosa menos un buey. El chacal la había estado mirando repetidas veces desde las matas de aloe que bordeaban la línea, y, en cuanto á la grulla, estaba acostumbrada á ver locomotoras desde la primera que hubo en la India. Pero el Mugger no había visto la máquina más que desde abajo, y la cupulilla de bronce le parecía la especie de joroba de un buey más pronunciada.

—Sí, un buey de nueva especie repitió el Mugger pesando las palabras como para persuadirse á sí mismo, y el chacal contestó:

—Cierto que sí: es un buey.