—Y también podría ser... comenzó á decir el Mugger con cierta aspereza.
—Cierto... cierto que sí, interrumpió el chacal sin esperar á que el otro hubiera terminado.
—¿Qué? dijo el Mugger incomodado, porque adivinaba que los demás sabían más que él. ¿Qué es lo que podría ser? No había yo aun acabado de hablar. Tú dijiste que era un buey.
—Es lo que el Protector de los pobres quiera. Yo soy su servidor... y no el de esa cosa que atraviesa el río.
—Sea lo que fuere, es obra de los de la cara blanca, dijo la grulla, y, por mi parte, no quisiera yo echarme en sitio que está tan cerca de eso como este banco de arena.
—Tú no conoces á los ingleses como yo, contestó el Mugger. Cuando construían el puente había aquí un blanco que se metía en un bote, muchas veces, á la caída de la tarde, y golpeaba con los pies las tablas del fondo, diciendo en voz baja: ¿Está aquí? ¿Está allí? Traedme la escopeta. Yo le oí aun antes de verle... oí cada ruido que hizo... los crujidos, el resollar, cada golpecito dado en la escopeta, yendo río arriba y río abajo. Tanto como era cierto que yo le había privado de uno de sus obreros, evitando así un gran gasto de leña que hubieran necesitado para quemarlo, era, también, constante su empeño en venirse hasta el ghaut, y decir á gritos que me iba á matar, librando de esta suerte al río de mi presencia... ¡de la presencia del Mugger de Mugger-Ghaut! ¡Á mí! Hijos míos, yo nadé horas y horas bajo la quilla de su bote, y le oí disparar su escopeta á algunos leños; y, cuando estaba bien seguro de su cansancio, me levantaba junto á él y hacía castañetear mis dientes frente á su misma cara. Cuando el puente estuvo listo se marchó el inglés. Todos cazan de este modo, excepto cuando son ellos los cazados.
—¿Quién caza ahora á los de la cara blanca? ladró el chacal sumamente excitado.
—Ahora nadie; pero yo los he cazado en mis buenos tiempos.
—Algo recuerdo de esa caza. Entonces era yo joven, dijo la grulla haciendo sonar su pico de un modo muy significativo.
—Estaba yo aquí perfectamente establecido. Mi aldea se reedificaba por tercera vez, á lo que recuerdo, cuando mi primo, el gavial, trájome noticias de unas aguas muy ricas que había más arriba de Benares. Al principio no quise ir, porque mi primo, que no come más que peces, no sabe, á menudo, distinguir lo bueno de lo malo; pero oí á mi gente hablar por las tardes, y lo que dijeron me decidió.