—¿Y qué es lo que dijeron? preguntó el chacal.
—Lo suficiente para que yo, el Mugger de Mugger-Ghaut, me saliera del agua y echara á andar. Partí á pie, de noche, metiéndome hasta en los más pequeños arroyos á medida que se me iban presentando; pero era entonces el comienzo de la estación calurosa y todos llevaban muy poca agua. Crucé caminos llenos de polvo; atravesé altas masas de yerba; me encaramé por las montañas á la luz de la luna. Hasta por las rocas trepé, hijos míos... fijaos bien en lo que os digo. Crucé el extremo del río Sirhind, el seco, antes de que pudiera encontrar la serie de ríos pequeños que van á desembocar al Ganges. Había un mes de estar viajando para regresar á donde se hallaban mi gente y el río que yo conocía. ¡Fué aquello cosa maravillosa!
—Y la comida ¿cómo iba durante el camino? dijo el chacal, que no tenía más alma que el estómago y no se sentía impresionado lo más mínimo por los viajes terrestres del Mugger.
—Comía lo que encontraba... primo, dijo el Mugger muy pausadamente, como arrastrando cada palabra.
Ahora bien: no se llama primo á nadie en la India más que en el caso de que pueda uno llegar á establecer con esta persona cierto parentesco, y como sólo en antiguos cuentos de hadas se casa el Mugger con algún chacal, el nuestro comprendió por qué motivo se había visto elevado de pronto á formar parte de la parentela del Mugger.
Á haber estado solos no le hubiera importado; pero los ojos de la grulla centellearon de gozo al oir la pesada broma.
—La verdad es, padre, que debía haberlo sabido.
No le gusta á ningún cocodrilo que le llamen padre de ningún chacal, y el Mugger de Mugger-Ghaut contestó, entonces, mucho más de lo que conviene repetir aquí.
—El Protector de los pobres fué quién me llamó pariente. ¿Puedo yo acordarme del grado exacto de parentesco que haya entre nosotros? Á mayor abundamiento, comemos la misma clase de comida. El lo ha dicho, repuso el chacal.
Vino esto á agravar aun mucho más las cosas, porque á lo que tiraba el chacal era á indicar que el Mugger debía de haber devorado la comida fresca cada día, en aquella marcha á pie, en vez de guardarla junto á sí hasta que estuviera en el verdadero estado en que él la necesita, como hacen todos los muggers que se respetan algo, y también la mayor parte de las fieras cuando les es posible. Á decir verdad, uno de los mayores insultos que pueden dirigirse en toda la extensión del cauce del río es el calificar de «devorador de carne fresca». Es casi una cosa tan mala como el llamarle á un hombre caníbal.