—Comida fué aquella carne hace treinta estaciones, dijo con toda tranquilidad la grulla. Aunque estuviéramos hablando treinta estaciones más no volveríamos á verla ya. Cuéntanos, ahora, lo que ocurrió cuando llegaste á aquellas aguas tan buenas, después de tu sorprendente viaje por tierra. Si fuéramos á escuchar todos los aullidos de cada chacal, los negocios de la ciudad quedarían pronto paralizados, como dice el proverbio.

El Mugger debió de agradecer la interrupción, porque continuó precipitadamente:

—¡Por las dos orillas del Ganges! ¡Cuando llegué allí me encontré con unas aguas como no las había visto nunca parecidas!

—¿Eran mejores que la gran inundación que hubo en la estación última? dijo el chacal.

—¡Mejores! Esa inundación no fué más que lo que ocurre cada cinco años: un puñado de forasteros ahogados, algunas gallinas, y un buey muerto que se queda en el agua cenagosa, gracias á las corrientes cruzadas. Pero en la estación de que me he acordado ahora, el río estaba bajo, el agua corría mansa, igual siempre, y, como ya me había advertido el gavial, los ingleses bajaban por ella tocando uno con otro. En aquella estación fué cuando engordé y crecí. Desde Agra, cerca de Etawah y del sitio en que se ensancha la corriente no muy lejos de Allahabad...

—¡Oh! ¡Qué remolino se formó bajo los muros del fuerte de Allahabad!... dijo la grulla. Acudieron allí como los patos á los juncales, y bailaban dando vueltas... así.

Empezó otra vez su horrible danza, mientras el chacal miraba con envidia. Como era natural, él no se acordaba del terrible año de que hablaban, del «año de la Insurrección». El Mugger continuó:

—Sí, cerca de Allahabad, se tendía uno en el agua mansa, y dejaba que pasaran veinte para escoger uno de ellos; y había allí, principalmente, la ventaja de que los ingleses no iban llenos de joyas y de anillos en la nariz y en los tobillos, como mis mujeres van hoy. El que gusta demasiado de adornos acaba con una cuerda al cuello por único collar, como dice el refrán. Todos los cocodrilos que existían en todos los ríos engordaron entonces; pero mi Hado quiso que yo engordara más que ninguno de ellos. Las noticias que teníamos eran de que se cazaba á los ingleses arrojándolos á los ríos, y ¡por las dos orillas del Ganges! os aseguro que á nosotros nos pareció que ésa era la verdad. Así lo creí yo durante todo el tiempo que fuí en dirección del Sur, y eso que llegué, siguiendo la corriente, hasta más allá de Monghyr y de las tumbas que dominan el río.

—Ya conozco el sitio. Desde entonces es Monghyr una ciudad casi abandonada. Poquísimos son los que viven allí ahora.

Después de esto, fuíme corriente arriba muy despacio, perezosamente, y un poco más arriba de Monghyr me encontré con un bote lleno de blancos... ¡pero vivos! Eran, bien me acuerdo, mujeres, echadas bajo una tela sostenida por unos palos, é iban llorando á gritos. Nunca nos disparaba entonces nadie ningún tiro: nosotros éramos los únicos guardianes de los vados en aquellos tiempos. Todas las armas de fuego estaban ocupadas en otra parte. Las oíamos día y noche allá, tierra adentro, y el estruendo llegaba ó se iba según de donde soplaba el viento. Me levanté por completo frente al bote, porque nunca había visto vivos á los de las caras blancas, aunque bien los conocía... de otra suerte. Un niño blanco, desnudo, estaba de rodillas en uno de los costados del bote, é inclinando el cuerpo por encima, se le antojó arrastrar lentamente las manos por las aguas del río. Es hermoso el ver con qué alegría juega un niño con toda agua que corre. Yo había comido ya aquel día; pero aún me quedaba un rinconcillo vacío. Sin embargo, más que para llenarlo, por juego, me levanté hasta tocar casi las manos del niño. Ofrecían un blanco tan fácil que ni siquiera tuve que mirarlas cuando cerré la boca; pero, tan pequeñas eran que, aunque mis quijadas se cerraron debidamente (bien seguro estoy de ello), el niño retiró con rapidez las manos sin que hubieran recibido el menor daño. Debieron de pasar por el espacio que media entre diente y diente... las manecitas aquéllas, tan blancas. Hubiera podido cogerle entonces por los codos; pero, como he dicho, sólo por juego y por el deseo de ver cosas nuevas me había yo acercado allí. Cuantos iban en el bote gritaron, y al cabo de poco rato volví yo á levantarme del agua para observarlos. El barco pesaba demasiado para hacerle zozobrar. No eran más que mujeres las que en él iban; pero quien se fíe de una mujer puede decirse que camina sobre las yerbas que ocultan el agua de una laguna, como enseña el proverbio, y... ¡por las dos orillas del Ganges... que es eso gran verdad!