—Una vez una mujer me dió á mí una piel seca haciendo ver que era un pescado, dijo el chacal. Desde entonces estoy esperando poderle hincar el diente á su niño; pero, en fin, más vale comer la carne de un caballo que recibir de él una coz, como dice el refrán. ¿Y qué es lo que vuestra mujer hizo?
—Me disparó con una escopeta muy corta, de una clase que nunca había visto yo antes, ni volví á ver después. Cinco veces seguidas hizo fuego (no es difícil adivinar que el Mugger tuvo que habérselas con algún revólver antiguo) y yo me quedé con la boca abierta, como bostezando, con una nube de humo alrededor de mi cabeza. Nunca ví cosa igual á aquélla. ¡Cinco veces, y con tanta presteza como cuando muevo yo la cola... así!
El chacal, que se iba sintiendo cada vez más interesado por el relato, tuvo apenas tiempo de saltar hacia atrás en el instante mismo en que la cola cortaba el aire como una guadaña.
—Hasta que no hubo sonado el quinto disparo (dijo el Mugger con la tranquilidad del que nunca ha pensado en causar el menor daño á sus oyentes), hasta que no hubo sonado el quinto disparo no me hundí en el agua, y volví á salir de ella en el preciso momento en que un barquero les decía á todas aquellas mujeres blancas que, sin duda, había quedado yo muerto. Una de las balas incrustóse en mi cuello. No sé si aun está allí, por la razón de que no puedo volver la cabeza. Ven y míralo tú, muchacho. Así se demostrará que la historia que os he contado es verídica.
—¿Yo? dijo el chacal. ¿Acaso quien está acostumbrado á comer zapatos viejos y á romper huesos, como yo, podrá dudar de la palabra del que es la envidia del río? ¡Que cachorrillos ciegos se me coman la cola si por mi pobre entendimiento ha pasado ni la sombra de semejante idea! El Protector de los pobres se ha dignado contarme, á mí, que soy su esclavo, que una vez en su vida ha sido herido por una mujer. Con esto basta, y yo les contaré el cuento á todos mis hijos, sin pedir prueba alguna de la verdad que encierra.
—La excesiva urbanidad es, á veces, tan mala como la excesiva descortesía, porque, como dice el proverbio, hasta con requesones puede ahogarse á un convidado. No deseo ni remotamente que ningún hijo tuyo sepa que el Mugger de Mugger-Ghaut recibió de una mujer la única herida que tiene en el cuerpo. Otras muchas cosas tendrán en que pensar tus hijos si han de procurarse la comida por tan tristes medios como su padre.
—¡Queda olvidado, y desde hace mucho tiempo! ¡No se ha dicho nunca! ¡Jamás existió ninguna mujer blanca! ¡Ni siquiera hubo barco alguno! ¡Nada, absolutamente, sucedió!
Movió el chacal la cola, como barriendo el suelo, para demostrar cuán en absoluto quedaba todo borrado de su memoria, y se sentó dándose aire importante.
—La verdad es que sucedieron muchas cosas, dijo el Mugger, al cual le había salido mal, por segunda vez, aquella noche, el querer llevarle ventaja á su amigo. (Ni uno ni otro, sin embargo, tenían mala intención. El comer y ser comido era cosa completamente legal en toda la extensión del río, y el chacal había venido allí para recoger las sobras de la comida del Mugger, cuando éste la hubiera terminado).
—Abandoné aquel bote, continuó, y fuíme corriente arriba, y cuando llegué á Arrah y á las aguas que están situadas detrás, no hallé ya más ingleses muertos. Durante cierto tiempo el río estuvo completamente vacío. Luego volvieron á verse uno ó dos cadáveres con chaquetas encarnadas; pero no ingleses, sino todos de una misma clase (del Indostán y purbeeahs)... después cinco ó seis de frente, y, al fin, desde Arrah hasta el Norte, más allá de Agra, parecía que pueblos enteros se habían arrojado al agua. Salían de las calas uno tras otro como bajan los maderos en la época de las lluvias. Cuando se levantaba el río también se levantaban ellos, por compañías enteras, de los bancos de arena en que habían estado reposando; y, al bajar el agua de la corriente, los arrastraba con ella por los cabellos á través de los campos y de la tierra virgen. Toda la noche, también, yendo hacia el Norte, oí los disparos de las armas de fuego, y durante el día el ruido de calzados pies de hombres que atravesaban los vados, ó aquel otro que producen las ruedas de un pesado carro al rodar sobre la arena por debajo del agua... y cada ola traía nuevos cadáveres. Al fin, hasta yo mismo tuve miedo, porque dije: si esto les ocurre á los hombres ¿cómo podrá salvarse el Mugger de Mugger-Ghaut? Había, también, barcos que venían detrás de mí, corriente arriba, ardiendo continuamente, como arden, á veces, las embarcaciones que llevan algodón; pero sin jamás hundirse.