—¡Ah! dijo la grulla; barcos como los que van á Calcuta del Sur. Son altos y negros, tienen una cola que golpea el agua por detrás, y...
—Y son tres veces tan grandes como mi aldea, ¿eh? Mis barcos eran bajos y blancos; golpeaban el agua á cada lado, y no eran más grandes de lo que deben ser los de cualquiera que cuente las cosas sujetándose á la verdad. Á mí me atemorizaron mucho, por lo que abandoné aquellas aguas y me vine á este río mío, ocultándome de día y caminando de noche cuando no podía hallar arroyos que me ayudaran. Volvíme á mi aldea; pero sin la esperanza de hallar en ella á ninguno de los de mi gente. Y, sin embargo, aquí estaban, arando, sembrando y segando, luego, las mieses, y yendo de un lado á otro por sus campos tan tranquilamente como sus ganados.
—¿Y había aún buena comida en el río? dijo el chacal.
—Más de la que podía yo desear. Hasta... y eso que yo no como barro... hasta estaba cansado, y, por lo que recuerdo, un poco asustado de aquel constante bajar por el río gente silenciosa. Á los de mi aldea les oí decir que todos los ingleses habían muerto; pero los que llegaban, boca abajo, por la corriente, no eran ingleses, como los de mi mismo pueblo pudieron ver. Entonces, mi gente dijo que lo mejor era no hablar palabra, pagar la contribución y arar la tierra. Al cabo de mucho tiempo, el río fué quedando limpio de cadáveres, y los que por él bajaban eran, sin ninguna duda, ahogados procedentes de inundaciones, como perfectamente podía ver yo, y aunque no era tan fácil, entonces, el procurarse comida, cordialmente me alegraba de ello. Que haya su poco de matanza de cuando en cuando no es malo... pero hasta el Mugger puede llegar á hartarse, como ya dice el refrán.
—¡Todo eso es maravilloso, verdaderamente maravilloso! exclamó el chacal. Yo me he engordado nada más que de tanto oir hablar de comer. Y después de esto ¿puedo atreverme á preguntar qué es lo que hizo el Protector de los pobres?
—Me dije á mí mismo (¡y por las dos orillas del Ganges que me he mantenido firme en lo que entonces juré!) me dije á mí mismo que nunca más volvería á ir vagabundo de aquel modo. Así, pues, he vivido junto al Ghaut; bien cerca de mi gente, y los he vigilado año tras año, y tanto han llegado á quererme que hasta me echaban guirnaldas de caléndulas cada vez que me veían levantar la cabeza del agua. Sí, mi Hado ha sido muy bueno conmigo, y el río entero tiene la bondad de respetarme aunque débil y enfermo; sólo que...
—Nadie es feliz por entero, desde el pico hasta la cola, dijo la grulla con simpatía. ¿Qué más necesita el Mugger de Mugger-Ghaut?
—Aquel niño tan pequeño y tan blanco del cual no pude apoderarme, dijo el Mugger lanzando un profundo suspiro. Muy pequeño era, pero no me he olvidado de él. Aunque soy viejo, no quisiera morirme sin probar algo nuevo. Verdad que son gente de pies pesados, y medio locos, y así poco juego darían al cazarlos; pero aún me acuerdo de aquellos tiempos que pasé algo más lejos de Benares, y, si el niño vive, aún se acordará, también, él. Es muy posible que se pasee por la orilla de algún río diciendo que una vez pasó las manos por entre los dientes del Mugger de Mugger-Ghaut, y que quedó vivo y en disposición de hacer de ello un cuento que contar. Mi Hado ha sido muy bueno conmigo; pero, á veces, en sueños, me molesta eso... la idea de aquel niñito blanco que iba en el bote.
Bostezó y cerró las quijadas.
—Y ahora, continuó, quiero descansar y pensar. Guardad silencio, hijos míos, y respetad á los ancianos.