Volvióse con dificultad y se arrastró hasta lo alto del banco de arena, mientras el chacal se retiraba, con la grulla, detrás de un árbol que había quedado detenido en el río, en el extremo más cerca del puente del ferrocarril.
—He aquí una vida agradable y provechosa, dijo con sardónica risa, mirando con ademán interrogante al ave, que le dominaba desde su altura. Y fíjate en que, ni una vez, le pareció oportuno decirme dónde podía hallar un bocado, por casualidad, en algún banco de arena. Y, sin embargo, cien veces le he indicado yo á él muy buenas cosas que estaban entre el barro, allá, corriente abajo. ¡Cuán cierto es el proverbio que dice: nadie se acuerda del chacal ni del barbero una vez ha sabido por ellos las noticias! ¡Ahora se va á dormir! ¡Aaah!
—¿Y cómo puede un chacal cazar junto con un cocodrilo? dijo la grulla, fríamente. El uno es un ladrón de los grandes; el otro de los pequeños: no es muy difícil el adivinar quién es el que se lleva los mejores bocados.
Volvióse el chacal, gimiendo con rabia, é iba á enroscarse bajo el tronco del árbol cuando, de pronto, se acurrucó y púsose á mirar, á través de las ramas, hacia el puente, que estaba, casi, encima de su cabeza.
—¿Qué ocurre ahora? preguntó la grulla, abriendo las alas, algo inquieta.
—Espera un poco y lo veremos. El viento sopla desde aquí, donde estamos nosotros, hacia donde están ellos; pero no es á nosotros á quien buscan esos dos hombres.
—¿Hombres son? Mi oficio me proteje. Todo el mundo en la India sabe que soy sagrada.
La grulla, que es allí un excelente basurero, se mete por todas partes sin que nadie la moleste, y, así, la nuestra no se acobardaba nunca.
—En cuanto á mí, no valgo la pena de que me den más golpe que el que puede dar algún zapato viejo, dijo el chacal poniéndose á escuchar de nuevo. ¿Oyes estos pasos? continuó. Este ruido no es el que produce el cuero de los zapatos del país, sino que es debido al pie calzado de un blanco. ¡Escucha, otra vez! ¡Ruido de hierro contra hierro! ¡Es una escopeta! Amiga, esos locos ingleses de pesados pies vienen á hablar con el Mugger.
—Adviérteselo, pues. No hace más que un rato que alguien, que me parece que era un chacal hambriento, le llamaba «Protector de los pobres».