—Deja que mi primo cuide él mismo de conservar la piel. Mil veces me ha dicho que nada hay que temer de los blancos. Pues blancos deben de ser éstos. Ninguno de los aldeanos de Mugger-Ghaut se atrevería á perseguirle. ¡Mira! ¡Ya te lo dije que había una escopeta! Ahora, por poco que la suerte nos ayude, podremos alimentarnos antes de que apunte el día. Fuera del agua no oye él bien... ¡y lo que es ésta vez no tendrá que habérselas con una mujer!
Brilló un momento el cañón de una escopeta sobre las traviesas del puente. El Mugger estaba echado sobre el banco de arena, tan quieto como su propia sombra, un poco esparrancadas las patas delanteras; caída la cabeza entre ellas; roncando como... un cocodrilo.
Sobre el puente, una voz murmuró:
—El tiro resulta un poco raro... casi en dirección perpendicular... pero tan seguro como la colocación de un capital que se invirtiera en casas. Lo mejor será apuntarle detrás del cuello. ¡Caramba! ¡Qué enorme es el animal! ¡Y qué furiosos se van á poner los de la aldea cuando lo vean muerto! Como que es el deota, el dios de estos lugares.
—Me importa un comino, contestó otra voz. Me quitó unos quince de mis mejores coolies[23] mientras se construía el puente, y es ya hora de acabar con él. He estado persiguiéndolo en bote durante semanas enteras. Prepare V. el Martini[24] para cuando haya disparado yo los dos cañones de mi escopeta.
—Cuidado con el culatazo, pues. Un doble disparo con calibre cuatro no es cosa de broma.
—Eso es él quién ha de decirlo, y no yo. ¡Allá va!
Oyóse un estruendo como el que podría producir el disparo de un cañón de pequeñas dimensiones (las mayores escopetas que se usan para la caza de elefantes no se diferencian mucho de las piezas de artillería más pequeñas), y vióse una doble llamarada, seguida de la detonación seca y penetrante de un Martini, para cuya larga bala no ofrece la menor dificultad el atravesar las gruesas placas de un cocodrilo. Pero las balas explosivas habían hecho ya cuanto podía hacerse. Una de ellas dió precisamente detrás del cuello, un poco hacia la izquierda de la espina dorsal, mientras la otra reventaba algo más abajo, donde comienza la cola. De cien casos, en noventa y nueve puede un cocodrilo mortalmente herido arrastrarse hasta el agua, en los sitios de alguna profundidad, y escaparse así; pero el Mugger de Mugger-Ghaut estaba roto, literalmente, en tres pedazos. Apenas movió la cabeza, antes de quedar sin vida, y tan tendido estaba en el suelo como el mismísimo chacal.
—¡Rayos y truenos! dijo el pobre animalejo. ¿Es que aquella cosa tan rara que arrastra por encima del puente los coches cubiertos se ha venido abajo, por fin?
—No es más que el disparo de una escopeta, dijo la grulla (aunque hasta las plumas de la cola le temblaban), nada más que una escopeta. No hay duda que ha quedado muerto. Ahí vienen los blancos.