Los dos ingleses habían bajado del puente á toda prisa y cruzado el banco de arena, donde se pararon á admirar la longitud del Mugger. Entonces, un indígena provisto de un hacha cortó la enorme cabeza, y cuatro hombres la arrastraron á través de la lengua de tierra que allí había.
—La última vez que tuve la mano en la boca de un cocodrilo, dijo uno de los ingleses, agachándose (era el mismo que había dirigido la construcción del puente), fué cuando tenía yo unos cinco años de edad, bajando en bote por el río en dirección de Monghyr. Era yo uno de «los niños del tiempo de la Insurrección,» como les llaman. Mi pobre madre estaba en el bote, también, y muchas veces me había contado que disparó con un revólver á la cabeza del animal.
—Vaya, ¡pues bien se ha vengado V. de esto en el principal de todos los de la familia!... aunque el culatazo le haya á V. hecho arrojar sangre por la nariz. ¡Eh, barqueros! Arrastrad esa cabeza fuera de aquí, y la herviremos para conservar la calavera. La piel está demasiado agujereada para que podamos guardarla. Vamos ahora á dormir. Lo que hemos hecho bien valía la pena de estar levantado toda la noche, ¿verdad?
Y fué, realmente, curioso que el chacal y la grulla hicieran también la mismísima observación, dos ó tres minutos después de haberse ido los hombres.
La canción de la ola
Por el vado cruzó un día
la corriente una doncella
cuando el sol ya se ponía,
y á besar su mano bella
fué una ola enamorada,
fué y hablóle de esta suerte:
—Quédate, niña, parada,
y aguarda, que soy la Muerte.
—Á donde el amor me invita
voy y no quiero que aguarde;
pez que en el agua se agita,
no espera si llego tarde.
—Pie ligero, pecho hermoso,
cruza el río de otra suerte,
cruza en barco y con reposo,
mira que yo soy la Muerte.
—Amor me llama y no espero,
que el Desdén nunca se casa...
mas á su talle ligero
llega ya el agua que pasa.
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¡Ah fiel y hermosa loquilla!...
Ya la ola rueda lejos...
Nunca tocará á la orilla...
Sangrientos son sus reflejos...
NOTAS: