—Nadie, en toda la extensión de la selva, sabe que yo, Bagheera, tenga esta marca... la marca que deja el collar; y, sin embargo, Hermanito, yo nací entre los hombres, y entre ellos murió mi madre... en las jaulas del Palacio Real, en Oodeypore. Este fué el motivo que me indujo á pagar por tí el precio convenido en el Consejo cuando no eras más que un desnudo cachorrillo. Sí, también yo nací entre los hombres. La selva era desconocida para mí.

Alimentábanme en gamellas de hierro tras los barrotes de la jaula, hasta que una noche despertó en mí el sentimiento de que yo era Bagheera, la pantera, y no un juguete para diversión de los hombres, y entonces rompí de un zarpazo el estúpido cerrojo y me escapé; y precisamente porque había aprendido las costumbres de los hombres llegué á infundir en la selva más terror que Shere Khan. ¿No es cierto?

—Sí, dijo Mowgli: todos en la selva temen á Bagheera..., todos, excepto Mowgli.

—¡Oh!... Tú eres un cachorro humano, dijo con gran ternura la pantera negra, y del propio modo que yo he vuelto á mi selva, así debes tú volver, al fin, á donde están los hombres... los hombres que son tus hermanos. Esto, si no te matan antes en el Consejo.

—Pero ¿por qué? ¿Por qué ha de querer nadie matarme? dijo Mowgli.

—Mírame, contestóle Bagheera. Y Mowgli la miró fijamente en los ojos. La enorme pantera volvió, al cabo de algunos momentos, la cabeza.

—Por esto, dijo mudando de posición una de sus patas y colocándola sobre un lecho de hojas. Hasta á mí me es imposible mirarte en los ojos, y eso que yo nací entre los hombres, y te quiero, Hermanito. Los otros te odian porque su mirada no puede resistir el choque de la tuya; porque eres sabio; porque has arrancado espinas de sus patas... porque eres un hombre.

—No sabía nada de eso, contestó con aspereza Mowgli, arrugando las negras y pobladas cejas.

—¿Cuál es la Ley de la Selva? Pega primero y avisa después. Hasta por tu propio descuido conocen que eres un hombre. Pero sé prudente. Me da el corazón que en cuanto á Akela se le escape el primer gamo sobre el cual se arroje (y cada día va haciéndosele más difícil el apoderarse de los gamos que persigue), la manada se pondrá en contra de él y de tí. Celebraráse un Consejo de la Selva en la Peña, y entonces... y entonces... Ya tengo una idea, dijo Bagheera levantándose de un salto. Vete inmediatamente á donde los hombres tienen sus chozas, allá en el valle, y coge una parte de la Flor Roja que allí cultivan, á fin de que en el momento oportuno puedas contar con un apoyo más fuerte que yo, ó que Baloo, ó los que bien te quieren en la manada. Anda, ve á buscar la Flor Roja.

Lo que Bagheera quería significar al hablar de la Flor Roja era el fuego; pero no hay en toda la selva ser viviente que quiera llamar al fuego por su nombre. Sienten ante él todas las fieras un miedo mortal, é inventan cien maneras diferentes de describir lo que tal pavor les causa.