—¿La Flor Roja? dijo Mowgli. Es la que á la hora del crepúsculo crece fuera de las chozas. Yo la cogeré.
—Así deben hablar los cachorros de los hombres, dijo Bagheera con orgullo. Acuérdate de que la flor crece en unas macetas pequeñas. Arrebatas una y la guardas para cuando llegue la hora en que puedas necesitarla.
—¡Bueno! dijo Mowgli. Allá voy. Pero ¿estás segura, ¡Bagheera mía! (y al decir esto le deslizó un brazo en torno del espléndido cuello y la miró profundamente en los grandes ojos), estás segura de que todo esto es obra de Shere Khan?
—Por el Cerrojo que me dió la libertad, te aseguro que sí, Hermanito.
—Pues, entonces, por el Toro que sirvió para comprar mi vida, te prometo que voy á saldar mis cuentas con Shere Khan, y es posible que le pague aun algo más de lo que le debo. Al decir esto salió disparado.
—He aquí á un hombre... todo un hombre, dijo, entre sí, Bagheera, tendiéndose en el suelo nuevamente. ¡Ah, Shere Khan, nunca te metiste en más funesta cacería que en la de esta rana, diez años atrás!
Mowgli había ido alejándose por el interior del bosque, á todo correr, ardiéndole el corazón en el pecho. Llegó á la cueva á la hora en que comenzaba á elevarse la niebla vespertina, paróse para tomar aliento, y miró hacia el fondo del valle. Los lobatos habían salido, pero mamá Loba, desde las profundidades de la caverna, conoció por el modo de respirar que algo le pasaba á su rana.
—¿Qué hay, hijo? exclamó.
—Charlatanismos, propios de murciélago, de ese Shere Khan, respondió Mowgli. Esta noche cazo en terreno labrantío, añadió, y enseguida hundióse entre los arbustos, dirigiéndose hacia el sitio por donde corrían las aguas en el fondo del valle. Detúvose allí porque oyó los salvajes alaridos de la cacería en que se hallaba la manada; el mugido del sambhur cuando le persiguen; el resoplar del gamo que se ve acorralado. Entonces resonó un coro de perversos é insultantes aullidos que partían de los lobos más jóvenes:
—¡Akela! ¡Akela! Dejad que el Lobo Solitario muestre su fuerza, decían. ¡Paso al Jefe de la manada! ¡Salta, Akela!