Aquella tarde estaba Mowgli sentado en el espacio que quedaba libre entre los grandes repliegues del cuerpo de Kaa, manoseando la rota piel vieja de ésta, que estaba aun tendida formando eses y enroscada, tal como la dejó la serpiente. Como muestra de atención, Kaa se había hecho un ovillo bajo los anchos y desnudos hombros de Mowgli, de modo que el muchacho descansaba, realmente, sobre una especie de sillón vivo.

—Hasta las escamas de los ojos están perfectamente conservadas, dijo Mowgli, entre dientes, jugando con la piel vieja. ¡Qué extraño es eso de ver á los pies de uno mismo la cubierta de la propia cabeza!

—Sí, pero yo no tengo pies, dijo Kaa, y como que es la costumbre entre toda mi gente, no lo hallo extraño. ¿Es que á tí no se te vuelve la piel vieja y áspera?

—Entonces voy y me lavo, Cabeza-aplastada; pero, es cierto, en los grandes calores, algunas veces he deseado poder, como tú, mudar sin dolor la piel, y correr, luego, sin ella.

—Pues yo me lavo, y, además, me quito la piel. ¿Qué te parece mi traje nuevo?

Mowgli pasó la mano sobre la diagonal labor de taracea de aquella inmensa espalda.

—La tortuga tiene más dura la superficie; pero de colores menos alegres, dijo sentenciosamente. La rana, mi tocaya, los tiene más alegres; pero no es tan dura. El aspecto es hermosísimo... se parece á las manchas que hay en el interior de los lirios.

—Necesita agua. Una piel nueva no llega nunca á adquirir su verdadero color antes del primer baño. Vamos á bañarnos.

—Yo te llevaré, dijo Mowgli, y se agachó, riendo, para levantar por el medio el enorme cuerpo de Kaa, precisamente por donde era más grueso. De igual modo podía un hombre haber probado de levantar un tubo para la conducción de agua que midiera más de medio metro de ancho, y así Kaa se quedó tendida muy quieta, soplando tranquilamente y en extremo regocijada. Entonces empezó el acostumbrado juego de todas las tardes (el muchacho con todo su vigor, que era mucho, y la serpiente pitón, con su magnífica piel nueva, luchando cara á cara uno contra otro)... juego que constituía una prueba en que se ejercitaban por igual el ojo y el esfuerzo. Por supuesto, que Kaa podía haber aplastado á una docena como Mowgli, si hubiera querido; pero procedía con cuidado y no empleaba ni la décima parte de su fuerza. En cuanto Mowgli tuvo la suficiente para resistir la rudeza del juego, Kaa se lo enseñó, y con ello sus miembros ganaron en elasticidad mejor que con otra cosa alguna. Á veces Mowgli, de pie y envuelto, casi, hasta el cuello por los movedizos anillos de Kaa, se esforzaba en sacar un brazo y cogerla por la garganta. Entonces Kaa cedía suavemente, y Mowgli, con ambos pies, de agilidad extrema, intentaba paralizar todo movimiento de la enorme cola, que retrocedía buscando una roca ó el tronco de un árbol. Balanceábanse, también, pegada la cabeza del muchacho contra la de la serpiente, cada uno de ellos esperando el momento oportuno del ataque, hasta que el hermoso grupo, parecido á una estatua, se deshacía, convirtiéndose en torbellino de negros y amarillentos anillos y de piernas y brazos que luchaban, para levantarse, de nuevo, una y otra vez.

—¡Toma! ¡Toma! ¡Toma! decía Kaa, dirigiendo fintas con la cabeza, que ni la mano rapidísima de Mowgli podía desviar. ¡Mira! ¡Ahora te toco aquí, hermanito! ¡Ahora aquí, y aquí! ¿Tienes las manos entumecidas? ¡Ya te he tocado otra vez!