Terminaba siempre el juego de igual modo: con un golpe en línea recta y arrastrando, que arrojaba al muchacho al suelo dando tumbos. Mowgli no pudo aprender nunca el modo de ponerse en guardia contra esa especie de estocada, rápida como el rayo, y, según opinión de Kaa, era completamente inútil que lo probara.

—¡Buena caza! gruñó, por fin, Kaa; y Mowgli, como de costumbre, cayó disparado á más de cinco metros de distancia, sin aliento, pero riéndose. Levantóse, con las manos llenas de yerba, y siguió á Kaa hacia el bañadero favorito de la serpiente: una laguna negra como la brea, rodeada de rocas, y á la que prestaban cierta variedad hundidos troncos de árbol. Metióse el muchacho en el agua, como era costumbre en la Selva, sin ruido, y la cruzó buceando; salió á la superficie silenciosamente, también, y se tendió de espalda, cruzados los brazos bajo la cabeza, mirando como la luna se elevaba por encima de las rocas, y gozándose en quebrar con los dedos de los pies el reflejo de los rayos en el agua. La cabeza de Kaa, de forma parecida á la de un diamante, cortó la superficie del agua como una navaja y fué á descansar sobre el hombro de Mowgli. En esta posición se quedaron quietos, voluptuosamente embebidos en la agradable impresión del agua fría.

—¡Qué bien se está así! dijo Mowgli, al fin, medio adormecido. Pues mira: en la manada de los hombres, á esta misma hora, si mal no recuerdo, se tendían sobre unos pedazos de madera muy duros, en el interior de una trampa hecha de barro, y, después de haber cerrado, para que no entrara el aire puro de afuera, se echaban por encima de la casi medio atontada cabeza una tela sucia, y cantaban con la nariz unas canciones muy feas. Mucho mejor se está en la Selva.

Una cobra se deslizó precipitadamente por encima de una roca, bebió, deseóles «buena suerte» y marchóse.

¡Ssss! dijo Kaa, como si de pronto se acordara de algo. ¿De modo que en la Selva hallas cuanto tú puedes desear, Hermanito?

—No todo, contestó Mowgli, riendo, porque para ello sería preciso que hubiera un nuevo y fuerte Shere Khan que matar á cada cambio de luna. Lo que es ahora podría matarlo con mis propias manos, sin necesitar que me ayudaran los búfalos. Además de esto, he deseado también, muchas veces, que brillara el sol en medio de las lluvias, y, otras, que las lluvias taparan al sol en lo más caluroso del verano; y, además, nunca me he sentido con el estómago vacío sin desear haber matado á una cabra; y nunca he matado á una cabra sin desear que fuera un gamo; ni á un gamo sin sentir que no hubiera sido un nilghai. Pero lo mismo nos ocurre á todos nosotros.

—¿Y nada más deseas? preguntó la enorme serpiente.

—¿Qué más puedo desear? Tengo la Selva y en ella se me mira con buenos ojos. ¿Hay, acaso, algo más en algún otro sitio, en lo que va de la salida á la puesta del sol?

—Pues bien, la cobra dijo... empezó Kaa...

—¿Qué cobra? La que ahora mismo se fué no dijo nada. Estaba cazando.