—¿Puede hablar? preguntó Mowgli en voz tan baja que parecía leve susurro. ¿Le ofendí al tirarlo? Á nosotros dos no puede ya causarnos daño, porque no deseamos lo que desean los hombres. Si lo dejamos aquí, de fijo que seguirá matándolos uno tras otro, tan aprisa como caen las nueces cuando sopla el huracán. No siento yo cariño por los hombres; pero, aun así, no quisiera ver muy á menudo eso de que mueran seis en una noche.

—¿Qué importa? No son más que hombres. Se mataron unos á otros, y con ello quedaron muy satisfechos, dijo Bagheera. El primero, el hombrecillo de las selvas, cazaba bien.

—Á pesar de todo, no son más que cachorros; y un cachorro sería capaz de ahogarse por el gusto de pegarle un mordisco á la luz de la luna reflejada en el agua. La culpa la tuve yo, dijo Mowgli, que hablaba como si supiera cuanto hay que saber sobre todo lo de este mundo. Nunca más traeré á la Selva cosas extrañas... aunque fueran tan hermosas como las flores. Esto (y al decirlo manejaba cautelosamente el ankus), va á volver á donde está la Madre de las cobras. Pero antes tenemos que dormir, y no podemos hacerlo junto á durmientes como éstos. Además, hemos de enterrarle también á él, para que no se escape y mate á seis más. Hazme un hoyo bajo ese árbol.

—Pero, Hermanito, dijo Bagheera, dirigiéndose al sitio que se le indicaba, yo te aseguro que la culpa no la tiene ese bebedor de sangre. El mal proviene de los hombres.

—Lo mismo da, contestó Mowgli. Haz el hoyo bien hondo. Cuando nos despertemos, cogeré eso é iré á devolverlo.


Dos noches después, mientras la cobra blanca estaba entre la obscuridad de la caverna, desolada, solitaria, llena de vergüenza por haber sido robada, el ankus de las turquesas pasó, dando vueltas, por el agujero que había en la pared, y cayó, con estrépito, sobre el suelo, cubierto de monedas de oro.

—Madre de las cobras, dijo Mowgli, que tuvo buen cuidado de quedarse al otro lado de la pared, busca entre las de tu raza alguna más joven y más á propósito que tú para que te ayude á guardar el tesoro del Rey, de modo que no te suceda más que otro hombre salga de aquí vivo.

—¡Ah! ¿Con que vuelve eso? Ya te dije que era la muerte. ¿Y cómo tú estás aun vivo? murmuró la cobra vieja, enroscándose amorosamente al mango del ankus.

—¡Por el buey que me rescató te aseguro que no lo sé! Esa cosa ha matado seis veces en una sola noche. No la dejes salir de aquí nunca más.