—Este es el tercero, dijo Bagheera.

—Le llevaré ranas, lo más grandes posible, á la Madre de las cobras, para engordarla, pensó Mowgli. Eso que bebe la sangre de los elefantes es la Muerte misma... pero, á pesar de todo, hay algo que no entiendo.

—¡Sigue adelante! dijo Bagheera.

No habían andado aun un cuarto de legua cuando oyeron ya á Ko, el cuervo, cantando la canción de la Muerte en la punta de un tamarisco, á cuya sombra yacían los cadáveres de tres hombres. En el centro del círculo humeaba un fuego medio apagado, sobre el cual había un plato de hierro que contenía una torta negra y quemada, hecha de pan ázimo. Junto al fuego, y brillando á la luz del sol, estaba el ankus de los rubíes y turquesas.

—Muy aprisa trabaja eso: todo termina aquí, dijo Bagheera. Y éstos ¿cómo murieron, Mowgli? En ninguno de ellos se vé señal que lo indique.

Llega un habitante de la Selva á aprender, por medio de la experiencia, tanto como lo que muchos médicos saben acerca de las propiedades de ciertas plantas y frutos venenosos. Olió Mowgli el humo que se elevaba del fuego, partió un pedazo del ennegrecido pan, probólo, y lo escupió en seguida.

—La manzana de la Muerte, dijo. El primero debió de mezclarla en la comida para éstos, que lo mataron á él, después de haber matado al gondo.

—En verdad, que buena ha sido la cacería. Las muertes se suceden, y muy cerca unas de otras, dijo Bagheera.

«La manzana de la Muerte» es lo que en la Selva se llama manzana espinosa ó datura, el veneno más activo que existe en toda la India.

—¿Y ahora? dijo la pantera. ¿Qué haremos? ¿Matarnos uno á otro por ese asesino del ojo colorado, que está ahí en el suelo?