—La verdad es que han matado, en este caso, por culpa de las piedras rojas y azules, contestó Bagheera. Acuérdate de que yo estuve en las jaulas del Rey, en Oodeypore.
—Uno, dos, tres, cuatro rastros diferentes, dijo Mowgli, agachándose sobre las cenizas. Cuatro rastros de hombres con los pies calzados. No van éstos tan aprisa como los gondos. Pero ¿qué daño les había hecho ese hombrecillo de las selvas? Mira: los cinco habían estado juntos, hablando, antes de que lo mataran. Volvámonos, Bagheera. Tengo lleno el estómago, y, sin embargo, lo siento moverse, subiendo y bajando como el nido de una oropéndola en la punta de una rama.
—No es cazar bien el dejar de pie una pieza. ¡Sigue! exclamó la pantera. No han ido muy lejos esos ocho pies calzados.
Nada más hablaron por espacio de una hora, mientras iban siguiendo el ancho rastro dejado por los cuatro hombres.
La luz del día era ya clara y el sol calentaba, cuando Bagheera dijo:
—Siento olor de humo.
—Siempre están los hombres más dispuestos á comer que á correr, contestó Mowgli, describiendo curvas por entre los arbustos bajos de la nueva selva que exploraban. Bagheera, algo hacia la izquierda del muchacho, producía un ruido gutural indescriptible.
—Aquí hay uno que no comerá ya más, dijo aquel.
Bajo un arbusto veíase un montón de ropas de vivos colores, y alrededor alguna harina esparcida.
—También esta muerte fué causada con un bambú, observó Mowgli. ¡Mira! Ese polvo blanco es lo que comen los hombres. Le han quitado su presa (él era quién llevaba los comestibles de todos) para convertirle á él mismo en presa de Chil, el milano.