—Ya se han encontrado. ¡Buena ha sido la caza!... ¡Mira! Aquí se paró Pie pequeño, con la rodilla puesta sobre una roca... y más allá está, realmente, Pie grande.

Frente á ellos, á menos de nueve metros, tendido sobre un montón de rocas desmenuzadas, veíase el cuerpo de un aldeano de la comarca, atravesados espalda y pecho por un largo dardo de plumas muy cortas, como los que usan los gondos.

—¿Merecía la Thuu que se la calificara de vieja y de loca, Hermanito? dijo Bagheera muy suavemente. Cuando menos ya hemos encontrado un muerto.

—Sigue hacia adelante. Pero ¿dónde está lo que bebe la sangre de los elefantes... la espina que tiene un ojo colorado?

Pie pequeño la tiene... tal vez. De nuevo, no se ve ya más que un solo pie.

El rastro único de un hombre muy ligero, que había estado corriendo con gran velocidad, llevando un peso sobre el hombro izquierdo, continuaba alrededor de una larga y baja tira de yerba seca, que ofrecía la forma de una espuela, y en la cual cada pisada parecía, á los penetrantes ojos de los que iban siguiendo la pista, como impresa con un hierro candente.

Ni uno ni otro dijo una palabra más, hasta que el rastro les llevó á un sitio donde se veían las cenizas de una hoguera, ocultas en el fondo de un barranco.

—¡Otra vez! exclamó Bagheera parándose, de pronto, como petrificada.

El cuerpo de un gondo, pequeño y apergaminado, yacía allí, puestos los pies sobre las cenizas, y, al verlo, levantó Bagheera los ojos hacia Mowgli como interrogándole.

—La muerte ha sido causada con un bambú, dijo el muchacho después de lanzar una ojeada. Yo lo usé también para ir con los búfalos, cuando servía en la manada de los hombres. La Madre de las cobras (y ahora siento haberme burlado de ella) conocía á fondo la raza, como debía haberla conocido yo. ¿No dije yo mismo que los hombres mataban por culpa de la ociosidad?