—Lo propio me ocurre á mí, observó Bagheera, que estoy escondido detrás de la roca. Espero, descansando sobre ella el extremo del objeto que llevo, y que tiene punta de espina. Resbala, porque aquí hay una raya sobre la piedra. Dí tú ahora tu pista, Hermanito.

—Una... dos ramillas... y una rama grande... se ven aquí rotas, fué diciendo Mowgli en voz baja. ¿Y cómo explicaré ahora esto? ¡Ah! Ya lo veo claro. Yo, Pie pequeño, me voy, haciendo ruido y pisando fuerte, á fin de que Pie grande pueda oirme.

Apartóse, entonces, de la roca, paso á paso, por entre los árboles, elevando la voz, desde lejos, al irse acercando á una cascada pequeña, y diciendo:

—Yo... me voy... muy lejos... al sitio... donde... el... ruido... del agua... que cae... apaga... mi propio... ruido... y... aquí... espero. ¡Dí tú ahora tu pista, Bagheera, Pie grande!

La pantera había estado saltando en todas direcciones para ver cómo el rastro de Pie grande se apartaba de la roca. Al fin gritó:

—Salgo de detrás de la roca, caminando á gatas y arrastrando el objeto que tiene punta de espina, y no viendo á nadie echo á correr. Yo, Pie grande corro velozmente. El rastro está aquí claro. Sigamos cada uno el suyo. ¡Yo voy corriendo!

Hizo Bagheera lo que decía, siguiendo el rastro claramente marcado, y, entre tanto, Mowgli siguió los pasos del gondo. Reinó por algún tiempo el silencio en la Selva.

—¿Dónde estás, Pie pequeño? gritó Bagheera. La voz de Mowgli le contestó á unos cuarenta metros de distancia hacia la derecha.

—¡Je! exclamó la pantera tosiendo con una tos profunda. Ambos corren, uno al lado de otro, y acercándose.

Continuó la carrera durante un rato, conservándose los dos casi á la misma distancia, hasta que Mowgli, que no tenía la cabeza tan cerca del suelo como Bagheera, gritó: